En el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, la comunidad Kawésqar Grupos Familiares Nómades del Mar recuerda que las ballenas son mucho más que una especie emblemática. Son parte de la memoria, la espiritualidad y el equilibrio del territorio. Una forma de entender el océano que hoy contrasta con las crecientes amenazas que enfrentan estos gigantes marinos en los canales australes.
Para algunas comunidades Kawésqar, el mar nunca ha sido solo un paisaje. Es el lugar donde se construye la identidad, donde habita la memoria y desde donde se transmite el conocimiento entre generaciones. En sus aguas se aprende cuándo navegar, cuándo pescar, qué especies respetar y cómo convivir con un territorio cuyos ciclos naturales son la base de la vida.
«Para nuestra comunidad el mar, representa identidad, subsistencia, modo de vida; es una gran energía, el mar son miles de años de recorrido, la memoria recorre cada ola y cada marejada, está en primer lugar por eso lo defendemos», asegura Leticia Caro, de la Comunidad Kawésqar Grupos Familiares Nómades del Mar.
Esa forma de entender el territorio se transmite de generación en generación. Según relata Caro, el conocimiento sobre el mar no se aprende únicamente desde la experiencia cotidiana, sino también a través de relatos que enseñan a observar y respetar los ciclos de la naturaleza. De esa manera, la comunidad distingue qué especies pueden aprovecharse, cuáles deben permanecer intactas y en qué momentos corresponde hacerlo, entendiendo que la subsistencia depende precisamente de mantener el equilibrio del ecosistema.
Más que reglas, se trata de una forma de habitar el territorio. El respeto por los ciclos reproductivos, por los lugares de pesca, por el viento, el oleaje y ciertos sitios considerados sagrados constituye un conocimiento construido durante siglos de convivencia con el mar.
Dentro de esa cosmovisión, las ballenas ocupan un lugar especialmente significativo. Su presencia anuncia cambios en los ciclos naturales, conecta a las comunidades con su historia y forma parte de relatos y ceremonias que han acompañado a algunas comunidades desde tiempos ancestrales. Cuando antiguamente una ballena varaba de manera natural, no solo proveía alimento y materiales para fabricar herramientas, sino que también daba origen a ceremonias donde distintas familias se reunían durante semanas para compartir, descansar y fortalecer los vínculos espirituales con sus antepasados.
«Las ballenas forman parte importante del modo de vida antiguo y actual pues forman parte de los ciclos naturales del territorio; el tiempo de las ballenas trae consigo alimento, historias y conexiones, son espíritus antiguos», resume Caro.
Desde esa mirada, proteger a las ballenas significa también proteger la historia y la memoria del territorio. No solo porque cumplen un rol fundamental en el equilibrio del ecosistema, sino porque representan una forma de relacionarse con la naturaleza que ha permitido a diversas comunidades convivir con ella durante generaciones, incluso en aquellos lugares donde los elementos golpean con más fuerza.
Sin embargo, esa convivencia enfrenta hoy crecientes amenazas. La expansión de la salmonicultura, el aumento del tráfico marítimo y la contaminación han transformado profundamente los canales australes. Según explica la dirigenta, estos cambios han reducido la disponibilidad de especies nativas, deteriorado playas de pesca y modificado incluso las formas tradicionales de vida de las comunidades costeras, obligando a muchas personas a abandonar las actividades de subsistencia.
Es en ese contexto donde adquiere especial relevancia la preocupación por las ballenas que mueren producto de actividades humanas. Hace poco más de un año, la Comunidad Kawésqar Grupos Familiares Nómades del Mar, junto a Greenpeace, presentó una querella tras el hallazgo de una ballena jorobada muerta y enmallada al interior de la Reserva Nacional Kawésqar. Para la comunidad, el caso refleja una amenaza que trasciende la pérdida de un ejemplar: representa el impacto que la actividad industrial puede tener sobre especies que forman parte del patrimonio natural y cultural del territorio.
En el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, la invitación de la comunidad es también una llamada a mirar el océano desde otra perspectiva: entender que conservar la biodiversidad implica reconocer los conocimientos de quienes han convivido con ella durante siglos.
De ese modo, la invitación de Caro es a unirse a los esfuerzos para proteger el mar: “Aprenderemos que es posible un mundo distinto sin depredación, sin ballenas enmalladas… aprendan lo magnífico que es el mar que nos provee gratis de todos sus parabienes, vengan con nosotros a proteger el mar».