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De la fama a la funa: Por qué convertimos a influencers en ídolos y luego los destruimos. Por Hernán Leal, empresario chileno, escritor y montañista, fundador y presidente ejecutivo de FASTCO Group

Cada temporada es una oportunidad para renovar los espacios donde vivimos. Pensando en ello, las tiendas Ohzar presentan su nueva colección 2026, una propuesta que combina diseño, funcionalidad y las últimas tendencias en decoración para ayudar a transformar cualquier ambiente del hogar en un lugar más cálido, armónico y acogedor.

Cada cierto tiempo las redes sociales nos entregan un nuevo “personaje” al que admirar. Alguien que muestra una vida aparentemente perfecta, que acumula cientos de miles o millones de seguidores y que, casi sin darnos cuenta, comienza a transformarse en referente. Puede ser por su aspecto físico, su estilo de vida, sus viajes, su éxito económico, su simpatía, sus muestras de solidaridad o simplemente porque sabe cómo llamar nuestra atención.

Y entonces ocurre algo curioso: primero los hacemos famosos y después, cuando descubrimos una conducta que nos parece inaceptable, los hacemos famosos nuevamente, pero esta vez para funarlos.

Los casos recientes de influencers cuestionados en Chile, como el episodio de Josefa y el wasabi o el de la joven que le daba de comer colillas de cigarrillos a su perro para evitar que sus papás se enterara que fumaba, son ejemplos de una dinámica mucho más profunda que una simple polémica en redes sociales. Más allá de lo reprochable o no de cada conducta —algo que corresponde evaluar caso a caso—, deberíamos hacernos una pregunta bastante más incómoda: ¿por qué entregamos tanta atención, admiración e influencia a personas de las que muchas veces no sabemos prácticamente nada?

El problema quizás no sean solamente los influencers. El problema también somos nosotros, que decidimos convertirlos en referentes.

Popularidad no es autoridad

Existe un fenómeno psicológico conocido como efecto halo. En términos simples, consiste en nuestra tendencia a extender una impresión positiva que tenemos sobre una persona hacia otras características que no necesariamente conocemos.

Si alguien nos parece atractivo, exitoso, seguro de sí mismo o carismático, nuestro cerebro puede asumir que también debe ser inteligente, confiable, preparado o incluso moralmente ejemplar.

Pero una cosa no necesariamente tiene relación con la otra. Tener un millón de seguidores no convierte a nadie en experto. Mostrar una casa espectacular no demuestra que esa persona sea financieramente exitosa. Viajar permanentemente no significa necesariamente tener una vida feliz. Y proyectar seguridad frente a una cámara tampoco demuestra que se tenga razón.

Sin embargo, las redes sociales mezclaron todas esas variables y crearon una nueva forma de autoridad: la autoridad de la visibilidad.

Antes, para transformarse en referente en determinados ámbitos era necesario construir una trayectoria, tener estudios formales en instituciones prestigiosas, demostrar experiencia, obtener credenciales o presentar resultados. Hoy, muchas veces, basta con conseguir atención.

Y la atención se puede convertir rápidamente en influencia.

El extraño poder de los números

Hay otro fenómeno psicológico que ayuda a explicar esta situación: la prueba social. Los seres humanos tendemos a utilizar el comportamiento de otros como una señal para determinar qué deberíamos pensar o hacer, especialmente cuando no tenemos suficiente información.

Si miles de personas siguen a alguien, pensamos que debe ser interesante o que vale la pena. Si millones lo siguen, asumimos que debe ser muy importante. Si todos hablan de esa persona, concluimos que debemos conocerla.

Así se produce un círculo extraordinariamente poderoso: visibilidad genera seguidores; los seguidores generan credibilidad; la credibilidad genera más visibilidad.

Y el algoritmo se encarga de acelerar el proceso. El problema es que la cantidad de seguidores mide popularidad, no necesariamente calidad. Un contenido puede ser viral porque es extraordinario, pero también porque es absurdo, ridículo, gracioso, polémico o incluso dañino.

El algoritmo no distingue necesariamente entre lo que merece nuestra admiración y lo que simplemente consigue nuestra atención.

El negocio de vender una vida

A esto se suma un fenómeno todavía más interesante: muchos influencers no venden productos, venden aspiraciones. Nos muestran viajes, cuerpos perfectos, restaurantes, autos, casas, ropa, relaciones aparentemente ideales y una vida sin mayores dificultades. El mensaje implícito es poderoso: esta vida existe y tú también puedes tenerla.

Ese modelo funciona porque responde a una necesidad profundamente humana: compararnos y proyectarnos en los demás. El problema aparece cuando confundimos la vitrina con la realidad.

No sabemos cuánto de esa vida es sólo endeudamiento o alquiler, cuánto es publicidad, cuánto corresponde a colaboraciones comerciales, cuánto fue construido durante años o simplemente cuánto de lo que vemos fue seleccionado cuidadosamente para ser mostrado. En Miami me ha tocado conocer gente que se fabrica un mundo totalmente idealizado, pero que es prestado; arriendan un Ferrari por el día, navegan en una lancha por horas, alquilan una terraza con vista al mar, etc. Ni hablar de las cirugías plásticas para mostrar más atributos; labios voluptuosos, pechos grandes, pómulos marcados, glúteos parados o incluso hasta pectorales falsos, etc. Todo para mostrar una realidad fantástica.

Las redes sociales son, en buena medida, una máquina de edición de la realidad. Y nosotros consumimos esa realidad editada como si fuera completa y 100% cierta.

Por eso, cuando alguien nos vende un estilo de vida extraordinariamente aspiracional, deberíamos hacernos una pregunta sencilla: ¿qué parte de esta historia no estoy viendo?

De seguidores a ídolos

La situación se vuelve más compleja cuando dejamos de seguir a una persona y comenzamos a idolatrarla.

Aquí aparece otro fenómeno conocido en psicología: la relación parasocial. Las personas pueden desarrollar una sensación de cercanía con figuras públicas que, en realidad, no conocen personalmente.

Vemos sus historias todos los días. Escuchamos sus opiniones. Los vemos desayunar, viajar, trabajar, hacer ejercicio, discutir, aconsejar y celebrar. Poco a poco sentimos que conocemos a esa persona como si fuera parte de nuestro espacio.

Pero existe una diferencia fundamental: ellos conocen mucho de nosotros a través de nuestros datos, nuestras interacciones y nuestros hábitos; nosotros conocemos solamente aquello que ellos deciden mostrarnos o les conviene que conozcamos.

Esa asimetría debería hacernos ser más cautelosos y alteras. Porque podemos terminar defendiendo a una persona que nunca hemos conocido, justificando conductas que no justificaríamos en alguien cercano y adoptando opiniones simplemente porque provienen de alguien a quien admiramos. Esto ocurre mucho con algunos animadores de matinales que opinan de temas complejos como si fueran expertos en todo. ¿Alguien puede ser experto en economía, psicología, sociología, política, arte, deporte, etc,. todo al mismo tiempo? Me cabe la duda, a lo menos la sospecha de que sea posible. El hombre más inteligente de la tierra, el físico Albert Eintein, sólo dominada un par de temas, que por cierto impactaron a toda la humanidad.

Y aquí está quizás el mayor riesgo: cuando la admiración se vuelve ciega, dejamos de evaluar lo que se nos dice y comenzamos a creer quién lo dice.

¿A quién estamos entregando nuestra confianza?

Esto no significa que todos los influencers sean malos referentes. Hay creadores de contenido que educan, informan y aportan. El punto es otro: la influencia debería venir acompañada de responsabilidad, y la popularidad no debería confundirse con autoridad.

Antes de admirar, compartir, comprar o imitar, deberíamos preguntarnos: ¿qué trayectoria tiene esta persona? ¿Qué conocimientos respaldan lo que dice? ¿Estoy admirando una realidad o una construcción cuidadosamente diseñada para redes sociales?

En el mundo empresarial he aprendido que la reputación no se construye solamente con lo que alguien dice de sí mismo, sino con sus decisiones, su trayectoria y la forma en que actúa cuando nadie lo está mirando.

Quizás deberíamos aplicar el mismo criterio en las redes sociales. Antes de preguntarnos quién merece ser funado o idolatrado, deberíamos hacernos una pregunta anterior: ¿a quién estamos haciendo famoso y por qué? Porque los influencers pueden pedir nuestra atención, pero somos nosotros quienes decidimos a quién entregársela.

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