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Encuesta ICSOH-UDP agosto 2026, serie clima social. Tecnología e inteligencia artificial: adopción masiva, desconfianza persistente y demanda de resguardos

La División formalizó su compromiso con la Mesa Empresarial Público-Privada de Capacitación y Empleo Local, instancia que reúne a empresas, municipios, SENCE, ASIVA y programas públicos, aportando planes de formación propios para estudiantes técnico-profesionales, pescadores y habitantes de Quintero y Puchuncaví.

El 54% de las personas teme quedarse atrás a medida que aumenta el uso de nuevas tecnologías.

El 69% de las personas ha usado herramientas de inteligencia artificial (IA) en los últimos seis meses para estudiar o aprender algo nuevo, y para resolver dudas sobre salud, síntomas o tratamientos.

Un 54% empleó IA para tareas de trabajo, un 48% para decisiones cotidianas y un 39% para consejos personales, incluido apoyo emocional

El 55% ve la IA principalmente como una oportunidad y el 19% como una amenaza.

El 76% considera que la IA beneficia sobre todo a las personas con mayores recursos económicos y el 73% a las empresas por sobre el Estado.

El 80% quiere obligar por ley a que siempre exista atención presencial de personas en bancos, salud y servicios públicos.

En libertades personales, el 69% apoya el aborto en tres causales, el 68% la eutanasia y el 60% la educación sexual en los colegios; el 52% rechaza el proyecto que condiciona el aborto a la escucha de latidos cardíacos.

El Instituto de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades (ICSOH) de la Universidad Diego Portales presenta la segunda entrega de su Encuesta ICSOH-UDP serie Clima Social 2026, que examina las percepciones y preferencias de la opinión pública chilena sobre distintas temáticas económicas, políticas y sociales. Esta iniciativa busca aportar a los tomadores de decisiones y a la academia mediante datos abiertos. Este capítulo aborda la relación de la sociedad chilena con las tecnologías digitales e inteligencia artificial. Se trata de una encuesta online de 1.500 casos, con un diseño no probabilístico por cuotas. El trabajo de campo se realizó entre el 14 y el 19 de agosto de 2026 y estuvo a cargo de la empresa IPSOS.

La población objetivo corresponde a personas adultas de 18 años y más, con cobertura nacional. Los resultados fueron ponderados por macrozona, sexo, tramos etarios, nivel educativo y quintiles de ingresos, según los parámetros del último Censo. Junto con la encuesta se desarrolla un estudio cualitativo, Infocus, a cargo de la consultora Subjetiva, cuyos principales hallazgos se sintetizan al final de este documento.

Una vida cotidiana mediada por pantallas

La mitad (50%) de las personas declara usar el teléfono móvil 4 horas o más en una jornada normal y solo un 18% se sitúa bajo las 2 horas. El uso intensivo es generacional —un 56% de quienes tienen entre 18 y 29 años supera las cuatro horas, frente a un 39% entre los mayores de 50—, aunque el tramo de 30 a 49 años exhibe cifras casi idénticas a las de los más jóvenes (58%). Esa intensidad se acompaña de una relación reflexiva e incómoda con el propio dispositivo. El 54% está de acuerdo con que usa el celular más de lo que le gustaría y el 36% cree que ello ha afectado su capacidad de concentración, cifras que aumentan entre universitarios (70% y 50%) y entre los menores de 30 años (63% y 48%). Solo el 27% se preocupa por perderse algo importante cuando está lejos del celular. Por lo tanto, la ansiedad por desconexión es minoritaria.

Lo que preocupa: el fraude por sobre la vigilancia

Consultadas por los temas que más les preocupan del desarrollo tecnológico, las personas encuestadas priorizan riesgos patrimoniales e inmediatos. Encabeza la lista ser víctima de estafas o fraudes por internet (43%), seguida por el robo o uso no autorizado de información personal (37%). En un segundo bloque aparecen preocupaciones referidas a la infancia.

Específicamente, el acceso de menores de edad a contenidos inapropiados (27%) y el tiempo que pasan frente a pantallas (21%). El temor a las estafas es mayor entre quienes se identifican con la derecha (50%) que con la izquierda (30%). La preocupación por los contenidos inapropiados para menores es más frecuente entre mujeres (32%) que entre hombres (22%), mientras el tiempo de pantalla infantil moviliza más a la izquierda (32%) que a la derecha (20%). Existe baja preocupación respecto de lo que las empresas hacen con los datos personales, que concita solo un 16% de las menciones, y la vigilancia mediante cámaras, drones y reconocimiento facial apenas alcanza un 9%.

¿Qué se considera aceptable en las plataformas digitales?

La encuesta también indagó en la aceptabilidad social de seis prácticas asociadas a plataformas digitales. La mejor evaluada es ganar dinero en redes sociales como influencer, aceptable para el 51% de los encuestados. Le siguen conocer personas mediante aplicaciones de citas (31%), la venta de contenido para adultos en plataformas como OnlyFans (26%), tener amigos virtuales sin conocerlos personalmente (22%) y apostar dinero en plataformas online (21%). Compartir aspectos de la vida privada en redes sociales es la práctica más rechazada, que concita solo un 16% de aceptación y un 57% de rechazo, llegando incluso al 71% entre los mayores de 50 años. De esa manera, se acepta que otros conviertan su exposición en un oficio, pero se desaprueba la exposición personal no monetizada.

Las brechas de género se concentran en los usos relacionales y sexuales de las plataformas. La aceptación de las aplicaciones de citas casi duplica entre hombres (42%) respecto de mujeres (22%), y algo similar ocurre con la venta de contenido para adultos (33% frente a 20%) y con los amigos virtuales (29% frente a 17%). También influye la educación, ya que la aceptación de las aplicaciones de citas alcanza un 46% entre universitarios, frente a un 26% entre quienes tienen hasta educación media.

Competencias tecnológicas y exclusión social

La mayoría de las personas se siente competente frente a las tecnologías digitales. Un 65% señala manejarse bien o muy bien, un 24% más o menos y un 11% declara que le cuesta. Sin embargo, este promedio esconde importantes diferencias. Entre los universitarios, un 82% dice manejarse bien, frente a solo un 57% entre quienes tienen hasta educación media. La cifra alcanza un 84% en el quintil de mayores ingresos, frente a un 55% en el segundo quintil, y cae a un 56% entre los mayores de 50 años. Cuando se pregunta por tareas específicas, la competencia declarada es alta y bastante homogénea.

Hacer una transferencia bancaria resulta fácil para el 91%, descargar una aplicación para el 89%, comprar por internet para el 88% y realizar trámites en línea para el 84%. La principal excepción aparece en una habilidad más crítica que es identificar si un mensaje, enlace o página web puede ser falso o fraudulento, algo que solo el 48% considera fácil. Esta capacidad, además, presenta varias diferencias entre grupos.

Alcanza un 64% entre universitarios y menores de 30 años, pero cae a un 43% entre quienes tienen hasta educación media y a un 35% entre los mayores de 50 años.

Inteligencia artificial: uso extendido y emociones ambivalentes

Los resultados muestran que el conocimiento de IA se encuentra bastante masificado. De hecho, un 49% declara haber escuchado o leído bastante o mucho sobre ella, mientras que solo un 19% señala haberlo hecho poco o nada. Quienes declaran saber poco o nada sobre IA son sobre todo mujeres (26%, frente a 12% de los hombres) y personas de menores ingresos (28% en el primer quintil, frente a apenas 7% en el quinto).

El uso declarado también es bastante alto y cubre dominios sensibles de la vida. En los últimos seis meses, el 69% utilizó alguna herramienta de IA para estudiar o aprender algo nuevo y también para resolver dudas sobre salud, interpretar síntomas, exámenes o tratamientos —más entre mujeres (72%) que entre hombres (65%). Un 54% la empleó para tareas de trabajo, un 48% para decisiones cotidianas y un 39% para consejos personales, incluido apoyo emocional; entre los menores de 30 años esta última cifra sube al 55% y el uso para estudiar alcanza el 80%. También se observan importantes diferencias educacionales en el uso laboral, que alcanza un 76% entre universitarios, frente a un 46% entre quienes tienen hasta educación media.

Las emociones asociadas al avance de la IA son también bastante matizadas. La más mencionada es la curiosidad (59%), seguida de cerca por la desconfianza (44%), la vulnerabilidad (35%) y el miedo (24%).

Las más favorables quedan por debajo, especialmente entusiasmo (22%), fascinación (22%), esperanza (12%), tranquilidad (11%) y confianza (10%). Sumadas, las emociones negativas hacia la IA superan a las positivas.

¿Quién gana con la IA?

Si la valoración de la IA es moderadamente positiva, el juicio sobre su distribución es más bien crítico. El 76% cree que del avance de la IA se benefician sobre todo las personas con mayores recursos económicos, frente a un 6% que piensa en las de menores recursos; y el 73% considera que se benefician las empresas por sobre el Estado, frente a un 5% que sostiene lo contrario. Son percepciones transversales, sin diferencias relevantes por sexo, edad ni posición política.

Ahora bien, al preguntar por los temas que más preocupan del avance de la IA, encabezan la lista que niños y jóvenes dependan demasiado de la IA y ello afecte su aprendizaje (40%) y que la IA reemplace puestos de trabajo (40%), seguidas por la reducción de la capacidad de pensar por sí mismos (37%) y la posibilidad de crear imágenes, audios o videos falsos que parezcan reales (32%).

La demanda de regulación es mayoritaria y cruza todas las fronteras políticas. El 80% está de acuerdo con obligar por ley a que siempre exista atención por personas en bancos, servicios de salud y servicios públicos. El 76% respalda garantizar por ley que ciertos trabajos sigan siendo realizados por personas, y el 68% cobrar impuestos especiales a las empresas que reemplacen trabajadores por máquinas o IA. Las medidas más disruptivas generan mayores divisiones. Que el Estado pague un sueldo base si la IA reemplaza muchos trabajos obtiene un 53% de acuerdo, mientras que pausar o frenar su desarrollo hasta comprender mejor sus riesgos alcanza un 50%, con una brecha ideológica considerable entre el 62% de la izquierda y el 39% de la derecha.

Actualidad y libertades personales

El capítulo incluyó además un módulo sobre contingencia y libertades personales, donde la opinión pública muestra posiciones mayoritariamente liberales en materia de autonomía individual, con excepciones claras. El aborto en tres causales concita un 69% de acuerdo, la eutanasia un 68% y la educación sexual de género en los colegios un 60%. El aborto antes de las 14 semanas divide el acuerdo y desacuerdo casi por mitades (39% y 36%) y la adopción por parejas homosexuales alcanza un 46% de apoyo frente a un 32% de rechazo.

La excepción más nítida es permitir el cambio de género desde los 14 años, respaldado por un 22% y rechazado por un 54%.

Respecto del proyecto de ley que propone que, antes de un aborto por tres causales, la mujer deba ser informada sobre la existencia de latidos cardíacos y se le ofrezca escucharlos —de modo que, si decide no hacerlo, el aborto no podría realizarse—, el 52% se manifiesta en desacuerdo y el 26% de acuerdo. El rechazo es mayor entre mujeres (58% frente a 46%) y entre quienes tienen educación universitaria (64%), con una amplia brecha ideológica: 76% en la izquierda frente a 37% en la derecha.

En materia económica, la evaluación de la reforma recientemente aprobada es más escéptica que favorable. Un 38% lcree que no tendrá un efecto importante sobre el crecimiento, un 32% que lo perjudicará y un 29% que lo favorecerá, con diferencias marcadas por género (37% de los hombres anticipa un efecto positivo frente a 23% de las mujeres) y una polarización política total. Por su parte, el criterio de compensación municipal adoptado tras la eliminación de las contribuciones para mayores de 65 años —que implica que algunas comunas de ingresos altos reciban más recursos que las de menores ingresos— es rechazado por el 51% y respaldado solo por el 21%, con desacuerdo mayoritario en todos los segmentos.

Infocus: profundización cualitativa

La serie Clima Social complementa los datos de la Encuesta ICSOH-UDP con Infocus, un estudio cualitativo desarrollado por la consultora Subjetiva. Este se organiza en dos paneles, uno de hombres y otro de mujeres, cuyos participantes fueron seleccionados considerando género, edad y residencia en la Región Metropolitana. En concordancia con la encuesta, el estudio cualitativo muestra que la tecnología —aparatos, aplicaciones, servicios e inteligencia artificial— está instalada de manera transversal en la vida cotidiana y no se restringe a determinados grupos etarios ni a usuarios más avanzados. Al mismo tiempo, el estudio matiza una lectura habitual del debate público, ya que las opiniones no se ordenan en una oposición simple entre entusiastas y detractores. Más bien, las mismas personas reconocen simultáneamente los beneficios y los riesgos asociados al uso de estas herramientas.

Esa doble mirada se aprecia con claridad en los usos que describen los participantes. En el hogar, la tecnología permite delegar tareas domésticas: aspiradoras robóticas y lavavajillas que “programan y hacen el trabajo”, liberando tiempo antes destinado a la limpieza. En salud, facilita tanto el autocuidado como el cuidado. En el trabajo, reduce drásticamente tiempos de tareas antes manuales, como planillas que pasan de una hora a diez minutos, y en los estudios facilita la redacción, la práctica de idiomas y la preparación de material de clases. Sin embargo, también se relata un impacto negativo del avance de la tecnología. En el trabajo, la eficiencia individual convive con la precarización de oficios técnicos y creativos, y las participantes mujeres agregan sesgos discriminatorios por edad y género en procesos de selección mediados por algoritmos. En los estudios, aparece el temor a la atrofia, donde los estudiantes utilizan estas herramientas para que les hagan sus trabajos. La desconfianza se agudiza en torno a la información y la política, con casos de medios que usan perfiles de IA sin transparentarlo a la audiencia y una percepción de que se usan datos de comportamiento para orientar campañas electorales y manipular la opinión pública. También emerge una dimensión de género, ya que las participantes mujeres describen el uso de IA para falsificar imágenes con fines de extorsión o daño, en un contexto que perciben sin regulación.

Frente a estas consecuencias, las personas participantes no depositan su confianza en una regulación estatal que perciben como lenta y siempre a destiempo del cambio tecnológico. Proponen, en cambio, respuestas distribuidas: educación crítica para sospechar activamente de la información que reciben, acuerdos sociales amplios sobre los límites del
reemplazo del trabajo humano, y restricciones institucionales puntuales, como la
prohibición del celular en las aulas, que consideran más efectivas que una ley general sobre
IA.

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