Cada septiembre, el Parque O’Higgins vuelve a convertirse en uno de los principales puntos de encuentro de Santiago. Entre la tradicional Parada Militar, las celebraciones de Fiestas Patrias y las actividades que reúnen a miles de personas, el recinto revive una historia que se remonta al siglo XIX y que refleja las profundas transformaciones urbanas experimentadas en la capital.
Para Andrés Goycoolea, historiador de Extensión Cultural de la Universidad de los Andes (Uandes), el parque es uno de los ejemplos más representativos de esta evolución. “En el último siglo y medio Santiago ha sufrido grandes transformaciones urbanísticas que han cambiado su fisonomía como ciudad. En este contexto, uno de los lugares más emblemáticos de este cambio ha sido el Parque O’Higgins”, explica.
De La Pampilla a uno de los íconos de las fiestas capitalinas
El origen del recinto se encuentra en el antiguo sector conocido como La Pampilla, que hasta mediados del siglo XIX comprendía parte de las actuales calles Santa Rosa, San Ignacio y el Zanjón de la Aguada. “Allí se realizaban paseos a caballo y las tradicionales fondas y ramadas durante las celebraciones de Fiestas Patrias”, detalla el historiador.
Junto a ese espacio se encontraba el Campo de Marte, una extensa explanada que en 1870 fue cedida por el Estado a Luis Cousiño para su transformación en un parque. Con la asesoría del paisajista francés Guillermo Benner, el recinto fue inaugurado oficialmente en 1873 como Parque Cousiño y se convirtió en un nuevo referente para el paisajismo y el esparcimiento público de Santiago.
“Lo que comenzó en el siglo XIX como una vasta explanada conocida como ‘los Campos de Marte’, destinada al esparcimiento al sur de la Alameda, terminó convirtiéndose en uno de los principales pulmones verdes del centro de Santiago y también en un espacio de entretenimiento en Chile”, señala Goycoolea.
Más de un siglo después, el recinto conserva un papel relevante en la vida de la capital y reúne distintas etapas de su transformación urbana. “No estamos visitando un simple espacio recreativo, sino un escenario vivo de la historia de Santiago”, concluye Goycoolea.