De pronto, un chispazo; cómo en los ochenta, a propósito de clases de lingüística que impartía a futuros profesores de castellano, abordaba, abordábamos el sistema de tratamiento pronominal empleado entre nosotros los chilenos. Es decir cómo nos tratamos, cómo nos interpelamos unos a otros; de qué modo lo hacemos, qué pronombres personales utilizamos del yo al tú, y viceversa. ¿Ya se comprende de qué hablo?
Empleamos el tú, un usted o también un poco prestigiado voh. Sí, predominan o alternan. Resumo, en el sistema de tratamiento pronominal o verbal, se dan estos usos a nivel individual o comunitario; hay zonas tuteantes, zonas ustedeantes o zonas voseantes, es así.
¿Ejemplos? ¡Ya! “¿Para dónde vas, tú?”, “¿Para dónde va, usted?”, “¿Pa ónde vai, voh?” Son formas retocadas o próximas a la realidad.
¡Bien! Ese es el introito del asunto que quiero abordar esta vez. Me centro en el título de la columna. Del tuteo a la nostridad. El tema surgió como un “chispazo” al encontrarme con un recuerdo en facebook. Lo transcribo.
“ – Profesor, ¿puede definir el concepto «nostridad», por favor? Es nuevo para mí.
– Querida Marissa, en sencillo, es pasar de la individualidad o del individualismo, a una pluralidad, que considere el tú, como la otredad mínima con la que formamos esta nostridad, un nosotros siquiera dual, si no plural. El tú, sí debe importar, no es posible ningunearlo, invisibilizarlo, minimizarlo, debe importar, debe importarnos. Yo y tú, tú y yo, y en perfecta horizontalidad, ni por asomo en niveles jerárquicos”.
Creo, sí, creo profundamente en la necesidad de pasar del sencillo, humilde tuteo, quizás la forma más estándar de tratamiento pronominal y verbal del español de Chile, y base de toda interacción sencilla, humilde, necesaria para construir un nosotros leal, fraterno.
Como he explicado antes, el yo no existe sin el tú, el yo es yo, gracias al tú, que lo completa, complementa. Así, el yo y el tú, dan paso a un nosotros dual, por lo pronto, en plena horizontalidad, nadie, ni uno ni otro en tramos desiguales de altitud. Nadie superior, nadie inferior. Ese es el principio, y el fin. Caso contrario, hay dominio, no hay nostridad. Es preciso mirarse a los ojos a la misma altura.
La nostridad es un paso más; el tuteo, incluso el ustedeo están bien, como trato, pero la nostridad es pasar de reconocer al otro a habitar con el otro. La nostridad implica concretar una alianza, ya no se trata de dos personas mirándose de frente, sino en una suerte de tejido que se crea entre los dos, o más. No es lo mismo un grupo que un equipo. En este caso, o uno más uno suma uno, o uno más uno suma tres.
¿En qué pienso ahora? Que es hora de partir. Y arranco con este verbo, reviso sus acepciones; la primera posible, arrancar, iniciar; la segunda posible, dividir, porcionar. Me parece bien, comenzar con las dos primeras, y con ese impulso, llegar a las segundas acepciones, es decir, convidar, irradiar, entregar a todos algo. Y así se me ocurre, que partir, es también, com-partir, re-partir, de-partir, im-partir, todas acepciones hermanas, solidarias; que involucran ya, a dos, y ¿por qué no a más, muchos más? Entonces, los invito a partir, compartir, repartir, departir, impartir.
¡Háganlo!, sentirán satisfacción y darán satisfacción, haciéndolo. Los invito a todos a construir nostridad, a hacer de ello una cultura de la nostridad. Poco a poco, sentiremos satisfacción, sentiremos abrigo.
Nota Bene: A Marissa, exalumna, en realidad, alumna siempre, de los años setenta, quien curiosa consultó por la palabra nostridad. Ahora, Marissa, leerá esta columna acompañada de Dios Padre, con quien comparte hace unos meses.