En una conversación realizada en Santiago, los expertos de la Fundación Microfinanzas BBVA presentaron un diagnóstico sobre la evolución de la pobreza en la región y Chile.
El emprendimiento, la inclusión financiera y la evidencia, las nuevas formas de enfrentar la vulnerabilidad económica.
América Latina enfrenta una nueva paradoja: la pobreza monetaria disminuye, pero la fragilidad económica permanece. La región alcanzará en 2026 una pobreza monetaria estimada de 24,8%, equivalente a unos 167 millones de personas. Sin embargo, cerca de uno de cada tres latinoamericanos continúa en situación de vulnerabilidad económica, es decir, fuera de la pobreza, pero con una alta probabilidad de caer en ella ante un inconveniente, asegura Giovanni Di Placido, director de Research de la FMBBVA.
En Chile, la nueva metodología de medición de la Casen eleva la pobreza oficial al 17,3%, evidenciando que las formas de vulnerabilidad son más complejas de lo que muestran los indicadores tradicionales. La pobreza, plantea la Fundación Microfinanzas BBVA, debe entenderse como una película y no como una fotografía, puesto que el desafío no es únicamente lograr que las personas salgan de la pobreza, sino generar las condiciones para que puedan permanecer fuera de ella y construir patrimonio, ingresos estables y resiliencia frente a las crisis.
En este escenario, el emprendimiento aparece como una herramienta relevante, aunque no exenta de desafíos, ya que las mipymes representan el 99% de las empresas de América Latina y generan cerca del 60% del empleo formal. La experiencia de la Fundación Microfinanzas BBVA, que ha atendido a 3,1 millones de emprendedores vulnerables en cinco países, muestra que el acceso a capital, acompañado de capacidades, protección, acceso a mercados y herramientas digitales, puede contribuir a transformar negocios de subsistencia en actividades con capacidad de acumulación.
Para el país, esta realidad adquiere una dimensión especialmente relevante en el caso de las mujeres, pues ellas representan el 77% de las personas atendidas con niveles de educación superior o técnica incluso mayores que los hombres —36% frente a 33%— y viven bajo una línea de pobreza mayor que los hombres. Además, ellas destinan en promedio 36 horas semanales a labores de cuidado, el doble que los hombres.
La evidencia desarrollada con Fondo Esperanza y en conjunto con la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile muestra que esta carga puede convertirse en un freno directo al crecimiento. Una de cada cuatro mujeres enfrenta una alta carga de cuidados, frente a uno de cada veinte hombres. En negocios con ventas mensuales de entre $1 millón y $3 millones, esta situación reduce en 45,9% la probabilidad de alcanzar un alto nivel de formalización. “El cuidado es un impuesto invisible: no aparece en el balance del negocio, pero puede determinar hasta dónde una emprendedora tiene capacidad de crecer”, plantea la experta Stephanie Garcia Van Gool, directora de Impacto de la Fundación Microfinanzas BBVA (FMBBVA).
Desde esta perspectiva, los dos expertos plantearon un cambio de paradigma para las políticas de inclusión: no basta con sacar a las personas de la pobreza; hay que reducir las probabilidades de que vuelvan a caer en ella. Para ello, será necesario combinar inclusión financiera, protección social, educación, formalización, digitalización, acceso a mercados y generación de patrimonio, con soluciones adaptadas a las distintas trayectorias de vulnerabilidad.
Es por esto que desde Fondo Esperanza, la entidad chilena de la Fundación de Microfinanzas del BBVA, presentan como respuesta la iniciativa Acción Mujer para abordar de manera integral las barreras que enfrentan las emprendedoras, combinando financiamiento con educación, digitalización, acompañamiento, redes y herramientas de protección. Este enfoque forma parte de una nueva manera de gestionar el impacto, impulsada por el Impact Lab, que busca medir qué funciona, probar soluciones y escalar aquellas que demuestren resultados sostenibles.
La apuesta es pasar de soluciones generales a intervenciones basadas en evidencia, capaces de identificar qué barreras impiden avanzar y qué herramientas permiten removerlas. En el caso de las mujeres emprendedoras, eso significa reconocer que detrás de un negocio que no logra crecer puede haber mucho más que una falta de financiamiento: puede haber falta de tiempo, sobrecarga de cuidados, brechas digitales, ausencia de protección o exposición a nuevos riesgos.
El desafío no consiste en formalizar, sino en acompañar a las emprendedoras en una trayectoria que permita que los negocios sobrevivan y crezcan. Adicional, crear la confianza y respaldo para que las emprendedoras puedan acceder a este crédito al conocerlo y comunicarlo bien.
De ahí que Acción Mujer se convierte en el primer gran caso de una nueva generación de impacto. Una generación que no mira a las emprendedoras como beneficiarias, sino como negocios con potencial frenado por barreras concretas. Una generación que entiende que el cambio climático, la digitalización, los cuidados y la educación no son temas separados, sino piezas de una misma trayectoria de vulnerabilidad o resiliencia.
La inclusión financiera del futuro no será la que más crédito coloque, sino la que mejor entienda qué impide crecer, qué solución puede remover esa barrera y cómo demostrarlo antes de escalar. Para muchas mujeres emprendedoras, romper el techo de cristal no empezará con un discurso sobre empoderamiento. Empezará con algo mucho más concreto: tiempo, capacidades, protección y evidencia.
Porque el desafío de la próxima década no será solamente reducir la pobreza. Será construir las condiciones para que millones de personas tengan la capacidad de permanecer fuera de ella.