A los 86 años, Mirko Jozic volvió a Santiago después de veinte años y el país lo recibió como se recibe a un héroe fundacional. Hinchas esperándolo en el aeropuerto, homenaje en el Teatro Caupolicán, reconocimiento en el Palacio del ex Congreso Nacional con varios campeones del 91 en la sala y, el jueves por la mañana, el bautizo oficial de la Casa Alba con su nombre, la residencia donde viven los juveniles de Colo Colo. Todo merecido. Y, sin embargo, en medio de la emoción, quedó flotando algo que casi nadie dijo en voz alta.
El relato chileno sobre Jozic es el del hombre providencial, el extranjero que llegó y encendió una chispa. La historia real es menos romántica y mucho más útil. Tomó el primer equipo en septiembre de 1990, tras la salida de Arturo Salah, y ganó el título esa misma temporada. El 5 de junio de 1991 conquistó la Copa Libertadores venciendo a Olimpia por tres a cero en el Monumental, la única vez que un club chileno lo ha logrado, y ese año agregó el tricampeonato local. En 1992 sumó la Recopa Sudamericana y la Copa Interamericana. Eso no es una chispa. Es un método sostenido en el tiempo, dentro de un club que le permitió trabajar sin cambiarlo cada seis meses.
Hay además un dato que suele pasar inadvertido. Jozic no llegó como un desconocido con suerte: venía de dirigir a la selección yugoslava que ganó el Mundial Sub 20 disputado precisamente en Chile, en 1987, un plantel que después nutrió a varios grandes de Europa. En la final de la Copa Intercontinental de ese mismo 1991, Colo Colo cayó ante un Estrella Roja donde varios jugadores habían sido sus pupilos en esa selección juvenil. El técnico que Chile recuerda como iluminado era, en rigor, un formador con trayectoria verificable en categorías de desarrollo. Su credencial no era el carisma. Era el trabajo con jóvenes.
Que la casa de los cadetes lleve hoy su nombre resulta entonces una coincidencia demasiado elocuente para dejarla pasar, porque esa es justamente la parte del legado que el país celebró menos y copió peor.
Treinta y cinco años después, el oficio cambió por completo. El entrenador contemporáneo ya no es el hombre que grita instrucciones desde la banca. Es quien coordina un equipo multidisciplinario donde conviven preparación física, análisis de datos, nutrición, kinesiología, psicología del deporte y control de carga. Dirigir hoy implica interpretar información de monitoreo, decidir cuánto se entrena y cuánto se recupera, gestionar conflictos internos, sostener liderazgo bajo presión pública permanente y tomar decisiones apoyadas en evidencia y no en intuición. Es una profesión técnica, no una vocación heredada ni un premio a la trayectoria como jugador.
El problema chileno es que seguimos discutiendo resultados sin discutir competencias. El país todavía no tiene una definición clara y exigible de qué formación debe acreditar quien conduce un proceso de entrenamiento, desde un plantel profesional hasta la escuela de fútbol del barrio donde entrenan niños de ocho años. Colombia avanzó en esa dirección y reguló el ejercicio de la profesión de entrenador deportivo, con requisitos verificables y reconocimiento formal. Chile sigue confiando en que el talento aparecerá solo, como apareció en 1991, y después se sorprende de que no vuelva a aparecer.
Las consecuencias son conocidas y nadie las discute demasiado. Cuerpos técnicos que duran meses. Procesos juveniles que se interrumpen cada vez que cambia la gerencia. Proyectos que se evalúan por la tabla del fin de semana y no por indicadores de desarrollo de jugadores. Se homenajea la excepción y se desatiende la estructura que podría volver a producirla.
Ese es el riesgo de las ceremonias: convertir a un profesional en una reliquia. Jozic no fue un milagro croata ni una casualidad afortunada del destino. Fue un entrenador formado, con experiencia real en desarrollo juvenil, al que se le entregaron condiciones institucionales para trabajar con continuidad y con equipo. Si el país quiere volver a vivir una noche como la del 5 de junio de 1991, la pregunta no es dónde encontrar a otro Jozic. Es si está dispuesto a construir la exigencia formativa, la regulación profesional y la estabilidad que hicieron posible que el primero rindiera. Los homenajes cierran capítulos. Las reglas son las que abren los siguientes.