Australia prohibió a los menores de 16 años tener cuentas en determinadas redes sociales. Reino Unido avanza en una dirección similar y Europa exige mayores resguardos para los niños en entornos digitales. La preocupación es comprensible; la confusión entre regular redes sociales y regular Internet, no.
La diferencia parece propia de ingenieros, pero no lo es. TikTok, Instagram y los videojuegos son productos cuyos responsables deciden qué contenidos recomiendan, qué datos recopilan y cómo retienen a sus usuarios. Internet, en cambio, es la infraestructura que permite comunicarse a estos y millones de otros servicios, como universidades, bibliotecas y medios de comunicación.
La experiencia internacional demuestra que es posible distinguirlos. Australia impuso obligaciones a las plataformas, excluyendo servicios de mensajería y numerosos videojuegos. Reino Unido exige protecciones según el riesgo para los menores. Europa, Estados Unidos y Japón llevan décadas clasificando videojuegos por edad, mientras distintos países regulan sus compras y mecanismos de recompensa. Nada de ello exige convertir al proveedor de Internet en árbitro de lo que un niño puede ver. Ese límite importa.
Podemos debatir si TikTok debe admitir a menores de trece años, si un videojuego puede venderles recompensas aleatorias o qué contenidos debe ofrecerles Instagram. Pero estas discusiones deben dirigirse a quienes diseñan esos productos y se benefician de ellos.
Proteger a los niños de ciertos negocios digitales puede ser sensato. Protegerlos de Internet es otra cosa, probablemente mucho más peligrosa.