En una polarización tan gigante como su territorio, los brasileños acuden este domingo a las urnas para elegir entre dos modelos de país opuestos y estilos diferentes en todo, desde su imagen hasta su discurso.
El conservador Flávio Bolsonaro busca impedir la reelección del izquierdista presidente Luiz Inácio Lula da Silva y todas las encuestas electorales coinciden en señalar que los brasileños votarán más no elegirán a su mandatario sino hasta dentro de tres semanas cuando se verifique el balotaje, que se vaticina incierto y ajustado.
Si se confirman los vaticinios, aunque Lula sería el más votado (entre 38 y 39%), no aseguraría su continuidad en el Palacio de Planalto, ya que para ello se requiere lograr el 50% más uno de los votos válidos en esa primera jornada. Bolsonaro sumaría de 33 a 35% de respaldo ciudadano, forzando así la definición último domingo de este octubre.
Tras el escándalo del Banco Máster y su fundador, Daniel Vorcaro, que implicó tanto a Bolsonaro como al magistrado estrella del Tribunal Supremo Federal, Alexandre de Moraes, ficha clave de Lula su Partido de los Trabajadores, los candidatos cerraron campaña con un fuerte cruce de acusaciones en todos los frentes: político, religioso y el uso de las redes sociales, entre otros.
La más inverosímil de estos enfrentamientos fue el que promovió Lula, favorito entre los católicos, al hacer eco de una información falsa según la cual Bolsonaro pretendía retirar el título de patrona de Brasil a Nossa Senhora Aparecida, en un supuesto guiño a los evangélicos que no veneran a esta virgen.
Lula, de 80 años, confía en lograr su cuarto mandato que está en vilo por el ascenso electoral del senador Bolsonaro (45), quien busca subirse a la ola conservadora regional, hoy en férrea alianza con el gobierno republicano estadounidense de Donald Trump.
El presidente de Estados Unidos dijo que sigue «muy de cerca» estas elecciones y como medida preventiva suspendió sus servicios consulares en Brasil, mientras que Australia cerró su embajada alegando motivos de seguridad.
El tercer mandato de Lula se cierra con un desempleo mínimo, una inflación contenida, pero a la vez una economía que se desacelera y una inseguridad que alarma a los brasileños.
En la campaña buscó el apoyo de las clases populares: subió la dotación del programa de asistencia social Bolsa Familia y prohibió las apuestas en línea, una lacra que endeuda a millones.
Bolsonaro, apenas conocido hace unos meses a nivel nacional y que rápidamente llegó a pisar los talones a Lula, no ha visto resentido su apoyo por la investigación en su contra para determinar la financiación de la película sobre su padre.
El senador, que se define más moderado que Jair Bolsonaro, promete mano dura contra la inseguridad, entre las principales preocupaciones sociales.
«En las últimas cuatro elecciones, la derecha brasileña tuvo un 3% a un 4% arriba de lo que decían las encuestas», recuerda el senador Rogério Marinho, jefe de campaña de Bolsonaro, para señalar que el domingo este candidato podría dar la sorpresa.
Desde la posibilidad del giro a la derecha, en línea con lo que ha ocurrido en los últimos en años en la región, hasta una mejorada relación con Washington y el futuro del Tribunal Supremo Federal están en juego en esta elección presidencial.
América Latina giró a la derecha en los últimos años: Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, Rodrigo Paz en Bolivia y, más recientemente, Abelardo de la Espriella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú.
Una victoria de Lula mantendría a Brasil, que se concentra cerca de la mitad del PIB y de la población de Sudamérica, como el gran reducto de la izquierda en la región, junto a México. En contrario, una de Bolsonaro sumaría el país a la ola de derecha y su posible entrada a la alianza por la seguridad que promueve el Escudo de las Américas.
De otra parte, si gana Lula se radicalizaría la “guerra” por los aranceles que impuso el gobierno Trump y que según expertos como Regiane Bressan, profesora de relaciones internacionales de la Universidad Federal de Sao Paulo obedecen a una presión política para frenar los lazos con China.
En cambio, con Bolsonaro habría un alineamiento con Washington, «al menos discursivo», sostiene Bressan.
Y como este domingo también se renovará íntegramente la Cámara de Diputados y dos tercios del Senado, de mayoría conservadora en los últimos años, su composición será clave para quien gane la presidencia.
Esto es importante también porque el mandatario electo podrá nombrar hasta cuatro de los jueces del Tribunal Supremo Federal (Corte Suprema), que son ratificados por el Senado.
En abril, la cámara alta rechazó al candidato de Lula al máximo tribunal, algo que no ocurría desde hace más de un siglo.
Flávio Bolsonaro arremetió semanas atrás contra esa corte y aboga por la destitución del juez de Moraes, a cargo del juicio que condenó a 27 años de cárcel a su padre por golpismo, por sus cercanos vínculos con el banquero preso Vorcaro, los que se evidencian en mensajes de texto en los cuales éste le solicita frenar las indagaciones que, por corrupción, estaban en curso.
También está en juego decisiones sobre la Amazonía, pulmón del mundo y factor clave para luchar contra el cambio climático.
Al respecto es poco o nada lo que se conoce de las agendas programáticas de Lula y Bolsonaro. Fue, sin duda, el gran ausente de la campaña, pese a que el 91% de los ciudadanos considera importante que los candidatos presenten propuestas climáticas, según una encuesta de la empresa Ipsos difundida por el Observatorio do Clima.
La deforestación cayó fuertemente durante el gobierno de Lula, que mantiene su promesa de acabar con ella para 2030.
Al mismo tiempo, el izquierdista apoya la exploración petrolera cerca de la desembocadura del Amazonas, con el argumento de que sus ingresos financiarán la transición energética.
Flávio Bolsonaro evitó atribuir el calentamiento global a la acción humana. Aun así, promete terminar con la deforestación en 2029, aunque su respaldo al agronegocio genera dudas sobre su cumplimiento.
Finalmente, la jornada será una prueba para la democracia ya que el expresidente Bolsonaro cuestionó, durante años, el voto electrónico.
Al inicio de su campaña, Flávio sintió dudas sobre las urnas electrónicas, aunque luego afirmó que respetaría los resultados.
Lula defendió la semana pasada ante la ONU un sistema electoral «moderno y robusto» y advirtió que no permitirá que «los enemigos de la democracia, internos y externos» atenten contra la voluntad popular.
En pocas horas se sabrá si Brasil se sube a la ola del cambio político regional o prefieren seguir en el progresismo izquierdista. Y, como en las ocasiones anteriores, los indecisos inclinarán el fiel de la balanza.