Un estudio publicado en 2025 en la revista científica Cureus, basado en una encuesta a 68 cirujanos plásticos de distintos países identificó cómo las redes sociales están modificando las expectativas de quienes consultan por procedimientos estéticos. Entre los rasgos que los especialistas reportaron como solicitados con mayor frecuencia por influencia de estas plataformas aparecen los ojos más grandes (46,2%), la nariz más delgada (44,6%), una piel más lisa (41,5%) y una mandíbula más marcada (36,9%). Instagram fue la plataforma más mencionada por los cirujanos encuestados (67,2%), seguida por TikTok (59,7%).
Santiago de Chile, Octubre de 2026.- El cambio no estaría solamente en qué características físicas buscan modificar los pacientes, sino también en la referencia que utilizan para imaginar el resultado. Si antes las fotografías de actores, modelos o celebridades funcionaban como inspiración, hoy esa imagen puede ser la propia cara del paciente después de pasar por un filtro de Instagram, TikTok o una aplicación de edición.
En Chile, el fenómeno ya ha comenzado a observarse en las consultas de cirugía plástica. El Dr. Juan José Lombardi explica que, aunque todavía no es algo frecuente, cada vez aparecen más pacientes que llegan mostrando fotografías de sí mismos modificadas digitalmente. «Lo más habitual es que el paciente llegue con fotografías de actores o modelos; pero a veces llega con su propia cara, pero modificada digitalmente», señala.
La diferencia puede parecer sutil, pero cambia el origen de la expectativa. Ya no se trata necesariamente de querer parecerse a otra persona, sino de querer convertirse físicamente en una versión digital de uno mismo. Una persona puede pasar meses viendo su nariz más pequeña, sus pómulos más definidos, una mandíbula más marcada o una piel completamente lisa y terminar utilizando esa imagen como parámetro para evaluar su rostro real.
El concepto de «Snapchat dysmorphia» surgió precisamente para describir este fenómeno: personas que buscan modificar quirúrgicamente su apariencia para aproximarse a una versión filtrada o editada de sí mismas. Sin embargo, no corresponde a un diagnóstico médico reconocido y no debe confundirse con un trastorno de salud mental. La preocupación de los especialistas está puesta en cómo estas imágenes pueden contribuir a expectativas poco realistas frente a los procedimientos estéticos.
En la experiencia del Dr. Lombardi del Centro Médico Nueva Estoril,, entre los cambios que pueden aparecer con este tipo de referencias están las solicitudes por narices más pequeñas o definidas, pómulos y mandíbula más marcados, labios más voluminosos, ojos o cejas modificados y una piel sin imperfecciones.
El problema es que un filtro no tiene que respetar la anatomía
«Un filtro puede cambiar instantáneamente proporciones, simetría, textura de la piel, iluminación e incluso la forma de distintas estructuras sin ninguna consecuencia física. Una cirugía, en cambio, modifica tejidos reales y tiene límites anatómicos y riesgos», explica Lombardi.
Así un filtro puede cambiar el rostro en segundos, pero una cirugía debe respetar la anatomía y sus límites. Por eso, una foto editada puede orientar la conversación, pero no ser un modelo exacto del resultado quirúrgico.
El fenómeno también está obligando a cambiar la conversación dentro de la consulta. Según el especialista, antes el paciente llegaba principalmente con fotografías de celebridades; hoy puede llegar con su propia imagen modificada. «La conversación ya no es solamente ‘¿qué cirugía puedo hacerme?’, sino también ‘¿de dónde viene esta expectativa y qué tan realista es?'», plantea.
Ese punto resulta especialmente relevante cuando la expectativa del paciente no coincide con lo que puede conseguirse de manera segura. En esos casos, Lombardi sostiene que parte del trabajo del cirujano es saber decir que no.
«Una señal de alerta es cuando el paciente busca reproducir exactamente una imagen que está evidentemente modificada o cuando espera un resultado que no corresponde con su anatomía», explica. También considera preocupante cuando existe una insatisfacción intensa con pequeños detalles o cuando una persona comienza a buscar cambios reiterados en distintas partes de su rostro.
No significa que el malestar del paciente no sea real, advierte el especialista. La pregunta es si una cirugía es realmente la herramienta adecuada para resolverlo. Cuando la preocupación por una característica física es desproporcionada, ocupa una parte importante de la vida cotidiana o afecta la autoestima, las relaciones sociales o el funcionamiento habitual, puede ser recomendable una evaluación psicológica o psiquiátrica antes de considerar una intervención.
El desafío es mayor entre los pacientes jóvenes, para quienes las redes sociales pueden convertirse en una referencia cotidiana de belleza. El riesgo no está solamente en querer una nariz distinta o una mandíbula más marcada, sino en terminar comparando permanentemente el rostro real con una versión digital que nunca tuvo que obedecer las reglas de la anatomía.
Por eso, antes de entrar a pabellón, Lombardi plantea que un paciente debería preguntarse si realmente quiere ese cambio o si busca dejar de verse distinto a su versión filtrada; si pretende mejorar una característica concreta o transformar completamente su rostro; y,
finalmente, si aceptaría el resultado aunque no quedara idéntico a la fotografía que llevó a la consulta.
«Una cirugía plástica debería buscar mejorar una anatomía real, no perseguir una imagen digital que fue diseñada para no tener límites naturales ni anatómicos», concluye.