El vínculo entre abuelos y nietos puede ser una de las experiencias más significativas de la vida familiar. Acompañar, transmitir experiencias y construir recuerdos permite descubrir una forma distinta de querer.
En muchas familias, los abuelos cumplen un rol fundamental en la crianza. Pero valorar ese aporte no debería significar asumir que siempre están disponibles. Así surge una pregunta que pocas veces hacemos: ¿cuándo ese cuidado comienza a desplazar la propia vida de los abuelos y abuelas? Cuidar también demanda tiempo, energía física y emocional, y puede terminar postergando el descanso, las amistades, los intereses y el desarrollo de un proyecto de vida propio.
Como planteaba la terapeuta ocupacional Ann Wilcock, el bienestar se relaciona con el hacer, el ser y el llegar a ser. Una vejez plena necesita espacio para cuidar a otros, pero también para decidir sobre el propio tiempo, mantener la autonomía y continuar desarrollando actividades significativas.
Ser abuelo o abuela es una dimensión importante de la identidad, pero no toda la identidad. Quizás reconocer verdaderamente a nuestros abuelos implique también preguntarles qué quieren hacer con su tiempo. Porque acompañar a nuevas generaciones no debería significar renunciar a seguir viviendo la propia vida.