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Bullying silencioso: las señales de alerta que pueden anticipar un caso de acoso escolar

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El aislamiento, los cambios de ánimo, la pérdida de interés por actividades habituales o el rechazo a asistir al colegio pueden ser señales tempranas de bullying. Académica de Terapia Ocupacional de la Universidad Andrés Bello explica por qué estos síntomas suelen pasar inadvertidos y cómo actuar a tiempo.
El bullying no siempre se manifiesta mediante agresiones físicas o conflictos evidentes. En muchos casos, adopta formas más sutiles que pueden pasar desapercibidas para familias y comunidades educativas, pero que generan un profundo impacto en el bienestar emocional y social de niños, niñas y adolescentes.
Según detalla Daniela Palma, académica de la carrera de Terapia Ocupacional de la Universidad Andrés Bello, sede Concepción, algunas manifestaciones del acoso escolar pueden reflejarse en cambios de conducta, dificultades para relacionarse, disminución del rendimiento académico o aislamiento progresivo. Identificar estas señales de manera temprana permite abrir espacios de conversación y activar oportunamente las redes de apoyo.
“Esta es una forma de acoso escolar que se caracteriza por manifestaciones más sutiles y menos visibles que las formas de violencia que habitualmente asociamos al bullying. En lugar de agresiones directas o explícitas, suele expresarse a través de conductas como la exclusión social, la indiferencia intencionada, el aislamiento, los rumores o la falta sistemática de oportunidades para participar”, explica la profesional.
Cuando el maltrato no se ve
La académica UNAB señala que una de las principales diferencias del llamado bullying silencioso es que suele desarrollarse de forma cotidiana y normalizada, lo que dificulta su detección por parte de docentes, asistentes de la educación y familias. “Ya que muchas de estas prácticas ocurren de manera cotidiana y normalizada. Sin embargo, aunque sea menos evidente, puede generar un profundo impacto en el sentido de pertenencia, la autoestima y la participación social de niños, niñas y adolescentes”, dice.
Entre las señales de alerta más frecuentes se encuentran el rechazo persistente a asistir al colegio, una disminución en las calificaciones, la evitación de determinadas actividades o compañeros, cambios en el estado de ánimo, irritabilidad, ansiedad, problemas para dormir o una pérdida de interés por actividades que antes resultaban significativas.
En situaciones más complejas, estas manifestaciones también pueden expresarse a través de síntomas físicos asociados al malestar emocional. Sin embargo, Palma advierte que la señal que los adultos suelen pasar por alto es la modificación de la participación habitual del niño o adolescente en su entorno.
La importancia de observar los cambios
Más que buscar conductas específicas, la terapeuta ocupacional recomienda prestar atención a las transformaciones que experimentan los estudiantes en su vida cotidiana. “No todos los niños son igual de sociables ni todos los adolescentes desean participar de la misma manera; lo relevante es identificar cambios respecto de su forma habitual de desenvolverse”, sostiene.
Desde la Terapia Ocupacional, una señal especialmente relevante aparece cuando la participación comienza a restringirse debido al miedo, la incomodidad o la sensación de no pertenecer. Esta situación puede afectar el bienestar, las relaciones interpersonales y el desarrollo cotidiano de niños y adolescentes.
“Nos preocupan los cambios en la participación cotidiana: evitar ir al colegio, aislarse socialmente, abandonar actividades de interés, presentar dificultades en el sueño, la alimentación o el rendimiento escolar. Estas modificaciones en la rutina pueden ser señales de malestar asociado al bullying silencioso y requieren una observación temprana por parte de adultos significativos”, reconoce.
La docente enfatiza que el bienestar infantil y adolescente se construye mucho más allá de las notas o del rendimiento académico. “Si bien una disminución en las calificaciones puede ser un indicador de que algo está ocurriendo, no siempre es la primera ni la única manifestación de malestar”, afirma.
En esa línea, sostiene que resulta fundamental conocer la personalidad, intereses y formas de relacionarse de cada estudiante para detectar cambios relevantes. “Más que fijarnos en conductas aisladas, es relevante observar cambios respecto de su manera habitual de participar. Por ejemplo, un niño que disfrutaba asistir a determinadas actividades puede comenzar a mostrarse menos interesado, o un adolescente que habitualmente compartía con sus pares puede reducir esa participación”, expresa.
Y agrega: “Lo importante es prestar atención a transformaciones que generen incomodidad, restrinjan oportunidades de participación o afecten la confianza personal del niño, niña o adolescente”.
Aporte de la Terapia Ocupacional
La experta afirma que la Terapia Ocupacional puede intervenir en distintos niveles cuando el acoso escolar afecta la participación de un niño o adolescente en el colegio o en sus actividades cotidianas. “En el contexto escolar, el terapeuta ocupacional puede colaborar con los equipos de convivencia, docentes y familias en la creación de ambientes que promuevan el buen trato, el sentido de pertenencia y las oportunidades de participación para todos”, explica.
Cuando las situaciones de exclusión o acoso ya están afectando al estudiante, la intervención busca comprender cómo estas experiencias impactan su bienestar y participación diaria. “El objetivo es favorecer que el niño o adolescente pueda recuperar espacios de participación seguros y significativos”, detalla.
Asimismo, destaca que el trabajo conjunto entre docentes, asistentes de la educación y familias contribuye a construir entornos más inclusivos, donde cada estudiante se sienta reconocido, valorado y parte activa de su comunidad escolar.
Respecto de las estrategias para que un niño o adolescente vuelva a sentirse seguro en actividades grupales y relaciones con sus pares, Palma sostiene que el primer paso no es exigir una reintegración rápida, sino generar espacios donde se sienta escuchado y validado. “Una estrategia fundamental es la escucha activa. Esto implica escuchar con atención, sin juzgar, sin minimizar lo que está viviendo y sin convertir la conversación en un interrogatorio. Muchas veces los niños y adolescentes necesitan sentir que existe un espacio seguro donde pueden expresar sus experiencias”, asegura.
Finalmente, llama a evitar miradas adultocéntricas y respetar los intereses, formas de expresión y códigos propios de niños y adolescentes. “Es fundamental respetar sus intereses, sus formas de expresión, sus códigos culturales y las maneras en que construyen identidad y pertenencia con sus pares”, finaliza.

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