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Pacientes de la Región de Valparaíso superan el melanoma con vacunas chilenas contra el cáncer

El simulacro reprodujo las exigencias formales de evaluación para escolares de cuatro establecimientos locales, en el marco de una alianza formativa con el Preuniversitario Pedro de Valdivia que busca reducir brechas y que acumula 400 beneficiarios en la zona.

-El empresario Jaime Lagos, de Concón, y la arquitecta Constanza Solís, quien hoy reside en Tailandia, son dos de los casos primeros casos que muestran el impacto humano de una investigación biomédica desarrollada durante más de veinte años por científicos de la Universidad de Chile y de Oncobiomed.

Sus experiencias, vinculadas a estudios clínicos de inmunoterapias experimentales, plantean una reflexión que trasciende los resultados de estos tratamientos: la importancia de que los países latinoamericanos sean capaces de generar conocimiento y de desarrollar sus propias soluciones frente a los grandes desafíos de la salud, señala el Dr. Salazar.

En septiembre de 2009, Jaime Lagos se preparaba para celebrar sus 50 años y sus bodas de plata. Tenía cuatro hijos, una empresa que dirigir y muchos proyectos por delante. Un examen médico de rutina cambió abruptamente sus planes. Después de una serie de estudios, recibió un diagnóstico devastador: melanoma metastásico en etapa IV, una forma avanzada de cáncer de piel que se había diseminado por todo su organismo.

Los médicos le explicaron que sus posibilidades de sobrevivir eran muy escasas. Durante seis meses recibió una quimioterapia intensiva que finalmente tuvo que suspenderse. Fue entonces cuando su oncólogo, el doctor Bruno Nervi, le habló de una alternativa experimental desarrollada por investigadores de la Universidad de Chile: una inmunoterapia denominada TAPCells, diseñada para estimular al propio sistema inmunológico a reconocer y combatir las células tumorales.

Jaime decidió intentarlo. Viajó de Concón a Santiago, donde conoció a un equipo de médicos, científicos y profesionales jóvenes que trabajaban en una tecnología aún incipiente. Recuerda las instalaciones, el procedimiento para obtener células de su sangre y, especialmente, la cercanía humana de quienes lo atendieron.

Tras recibir el tratamiento, sus exámenes comenzaron a mostrar una reducción de las lesiones tumorales, hasta que dejaron de ser detectables. Hoy, más de quince años después del diagnóstico, continúa trabajando, disfrutando de su familia y reflexionando sobre aquella experiencia que transformó su vida.

«Yo tuve esa oportunidad», resume Jaime, consciente de que los tratamientos no producen los mismos resultados en todas las personas. Pero hay algo que destaca especialmente: «Yo tenía la confianza de que en este país había la calidad técnica profesional para enfrentar mi enfermedad”.

Su historia no es solo la de un paciente que logró una remisión prolongada. Es también la historia de un encuentro entre una necesidad médica urgente y una capacidad científica desarrollada en su propio país.

Constanza Solís, una arquitecta viñamarina de 42 años, vivió una experiencia diferente. En plena pandemia, una lesión aparentemente inofensiva en su tobillo resultó ser un melanoma de alto riesgo. Tras una cirugía realizada a comienzos de 2021, los exámenes descartaron compromiso ganglionar, pero recibió inmunoterapia celular como tratamiento experimental posterior a la cirugía, orientada a investigar la prevención de la recaída. «Las inyecciones no me produjeron ningún efecto adverso, salvo que mi brazo se puso rojo”. El tratamiento la ayudó a confiar en que el cáncer no volvería, nos contó.

Cinco años después, sus controles no muestran signos de recurrencia. Actualmente vive en Koh Tao, una isla de Tailandia, donde trabaja como arquitecta y profesora. Su evolución favorable no permite determinar en qué medida contribuyó la inmunoterapia, dado que el tumor ya había sido extirpado quirúrgicamente. Pero su experiencia refleja otra dimensión de estos desarrollos: la posibilidad de investigar estrategias para reducir el riesgo de que la enfermedad reaparezca.

Las historias son distintas y sus circunstancias clínicas también. Sin embargo, comparten algo esencial: sus protagonistas pudieron acceder, en Chile, a una investigación biomédica que buscaba desarrollar nuevas alternativas frente al cáncer.

De un laboratorio universitario a los pacientes

Detrás de estas experiencias existe una trayectoria científica iniciada hace más de dos décadas en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, por un equipo de investigadores liderado por el inmunólogo Flavio Salazar.

Su propósito era estudiar cómo aprovechar las capacidades del sistema inmunológico para combatir el cáncer. De ese trabajo surgió TAPCells, una tecnología basada en células obtenidas de la sangre de cada paciente, preparadas en el laboratorio para presentar antígenos tumorales y estimular una respuesta inmunológica específica.

“Mirando retrospectivamente, siento que fuimos pioneros. Cuando comenzamos, la inmunoterapia era solo una promesa. Hoy, varias estrategias basadas en el sistema inmune forman parte del arsenal de tratamientos contra el cáncer”, dice el Dr. Salazar, exministro de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación.

La misma línea de investigación permitió avanzar hacia TRIMELVax, una estrategia diferente que utiliza material obtenido de células tumorales de melanoma, procesado para estimular el reconocimiento inmunológico, junto con una proteína proveniente del loco chileno que actúa como adyuvante.

A diferencia de TAPCells, no requiere preparar células inmunitarias individualizadas a partir de la sangre de cada paciente. Su evaluación clínica inicial en el melanoma avanzado, realizada junto al equipo de oncólogos del Hospital del Salvador, representa otro paso en un proceso de investigación que aún requiere estudios adicionales para determinar con certeza su eficacia y sus posibles aplicaciones.

El desarrollo de ambas tecnologías también demuestra que la investigación científica es un proceso acumulativo. Los conocimientos obtenidos durante años de trabajo con TAPCells permitieron formular nuevas preguntas y explorar estrategias distintas, como TRIMELVax. Esta continuidad, que abarca la formación de investigadores, el perfeccionamiento de tecnologías y la colaboración clínica, constituye uno de los aportes más relevantes de la ciencia nacional, independientemente de los resultados finales de cada tratamiento.

Estas investigaciones también dieron origen a Oncobiomed, una empresa biotecnológica surgida del ámbito universitario para contribuir al desarrollo y la transferencia de estas tecnologías. El camino ha sido largo. Comprende más de dos décadas de investigación básica, experimentos preclínicos, desarrollo tecnológico, colaboración entre científicos y médicos, y estudios clínicos realizados con pacientes chilenos.

Un análisis retrospectivo de 108 pacientes con melanoma tratados con TAPCells, publicado en 2024 en la revista científica Vaccines, identificó un grupo de sobrevivientes a largo plazo, incluidos aquellos que superaron los cinco años desde su diagnóstico. Los investigadores también observaron asociaciones entre determinadas respuestas inmunológicas y una supervivencia prolongada.

Estos resultados son científicamente relevantes, pero deben interpretarse con prudencia. Los estudios tempranos y retrospectivos permiten identificar señales de actividad biológica, explorar resultados clínicos y generar nuevas hipótesis, pero no sustituyen los ensayos clínicos controlados necesarios para demostrar la eficacia de una terapia y establecer a qué pacientes podría beneficiar.

Las vacunas terapéuticas desarrolladas en Chile no constituyen una cura universal contra el cáncer ni una alternativa validada para todos los pacientes. Su verdadero valor científico radica en haber generado conocimiento, capacidades tecnológicas y evidencia clínica que permiten continuar la investigación, afirma el Dr. Salazar.

“Pero existe, además, un valor humano que merece ser reconocido: para determinados pacientes, participar en estos estudios representó una posibilidad concreta de acceder a una intervención innovadora en circunstancias en las que las opciones disponibles eran muy limitadas”.

La ciencia como oportunidad de desarrollo

En América Latina, los avances biomédicos suelen conocerse cuando llegan desde los grandes centros científicos internacionales. Nuevos medicamentos, tecnologías diagnósticas y tratamientos de alto costo se incorporan con frecuencia tras años de investigación realizada en otros países. La experiencia chilena demuestra que esta no tiene por qué ser la única manera de participar en el avance de la medicina.

Incluso en países con recursos económicos y tecnológicos limitados, las universidades, los hospitales y los centros de investigación pueden generar conocimiento original, desarrollar tecnologías y construir capacidades para enfrentar problemas de salud relevantes para sus propias poblaciones.

“Para los países de América Latina, desarrollar capacidades propias de investigación biomédica no es únicamente una aspiración de prestigio académico ni de independencia tecnológica. Significa tener la posibilidad de estudiar las enfermedades que afectan a sus poblaciones, formar especialistas, participar en el desarrollo de nuevas terapias y ofrecer a sus pacientes oportunidades de investigación clínica que, de otro modo, podrían estar disponibles únicamente en centros del extranjero”, comenta el Dr. Flavio Salazar.

Esto no implica prescindir de la cooperación internacional, indispensable para la ciencia moderna. Significa participar en ella con capacidades propias, formando investigadores, creando infraestructura, desarrollando innovación y contribuyendo a definir las preguntas científicas que responden a las necesidades de nuestras sociedades, añaden desde la biotecnológica chilena.

En la investigación biomédica, ese desafío adquiere una importancia especial. Entre un descubrimiento de laboratorio y un tratamiento disponible para los pacientes hay un recorrido largo, costoso e incierto. Se necesitan equipos estables, financiamiento sostenido, infraestructura clínica, regulación rigurosa y una articulación permanente entre universidades, hospitales, empresas y organismos públicos.

No todas las investigaciones conducirán a un nuevo medicamento. No todos los tratamientos experimentales demostrarán eficacia. Pero incluso cuando una hipótesis no se confirma, la investigación produce conocimiento, forma nuevos profesionales y desarrolla capacidades que pueden dar lugar a nuevas soluciones, afirma el académico chileno.

Por eso, invertir en ciencia no es solo apostar por descubrimientos futuros, sino construir las condiciones para que nuestros países puedan enfrentar sus propios desafíos sanitarios, reducir su dependencia tecnológica y ofrecer más oportunidades a sus habitantes. “Quizás esa sea una de las razones más poderosas para defender y fortalecer la investigación nacional: cuando un país desarrolla ciencia propia, amplía las fronteras del conocimiento y las oportunidades para su gente”, concluye el Dr. Salazar

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