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¿Y si cambiamos la conversación? Por Marcela Topaz, académica de la Facultad de Economía y Negocios UNAB

El simulacro reprodujo las exigencias formales de evaluación para escolares de cuatro establecimientos locales, en el marco de una alianza formativa con el Preuniversitario Pedro de Valdivia que busca reducir brechas y que acumula 400 beneficiarios en la zona.

Basta caminar por el Paseo Ahumada, por calle Valparaíso en Viña del Mar o a la salida del metro. Confites comprados al por mayor, mercadería sobre un paño, vendedores que se esconden cuando aparecen los guardias y regresan minutos después. No es folclor. Es una postal del trabajo precario, no del desempleo: esas personas están trabajando.

Según el INE, entre julio y septiembre de 2026 la desocupación alcanzó el 9,8%, equivalente a 1.007.976 personas, mientras la ocupación informal llegó al 26,4%. Son cifras que deberían dominar nuestra conversación pública. Sin embargo, seguimos atrapados en el escándalo del minuto, la declaración de algún parlamentario o la última polémica televisiva. Discutimos lo anecdótico y evadimos lo estructural.

Chile tiene ventajas que muchos países quisieran. En 2024 fue el principal productor mundial de cobre minado y el segundo de litio. Durante 2025 produjo 5,39 millones de toneladas de cobre, pero apenas el 31% se refinó en territorio nacional. También exportamos frutas, vino, salmón y productos forestales. Tenemos recursos, pero todavía debemos preguntarnos cuánto conocimiento y desarrollo generamos a partir de ellos.

No se trata de procesarlo todo por decreto, sino de crear tecnología, fortalecer proveedores locales y agregar valor donde podamos competir. La productividad, largamente estancada, mostró señales alentadoras: según la Comisión Nacional de Evaluación y Productividad, aportó un 0,6% al crecimiento en 2024 y se proyectaba entre 0,5% y 0,6% para 2025. El desafío es sostener esa recuperación.

Noruega logró transformar parte de su riqueza petrolera en tecnología y proveedores nacionales. Malasia desarrolló capacidades industriales mediante inversión, innovación y formación. No necesitamos copiar sus modelos, pero sí comprender que el desarrollo exige decisiones que trasciendan los ciclos políticos.

Existe, además, una dificultad que no podemos ignorar. Según la OCDE, el 44% de los adultos chilenos obtuvo resultados en los dos niveles más bajos simultáneamente en lectura, matemáticas y resolución adaptativa de problemas. Sin fortalecer estas competencias, hablar de empleos más productivos y mejores salarios seguirá siendo una promesa difícil de cumplir.

El seguro de cesantía y los apoyos sociales son necesarios, pero no reemplazan la creación de empleo formal y de calidad. Necesitamos acuerdos entre el Estado, las empresas, los trabajadores y el sistema educativo para definir dónde competir, cómo formar talento y qué capacidades desarrollar en cada región.

Quizás el problema no sea que Chile carezca de oportunidades, sino que dedicamos demasiado tiempo a discutir quién tiene la culpa y demasiado poco a decidir qué vamos a construir.
No nos falta potencial. Nos sobra trinchera y nos falta ponernos de acuerdo. Y eso empieza, de una vez por todas, por cambiar de conversación.

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