Los últimos meses del año son un período clave para las empresas. Es el momento de evaluar los resultados, revisar las metas pendientes y comenzar a definir las prioridades para el próximo ejercicio.
En lo económico, las proyecciones apuntan a una posible recuperación de la actividad, aunque su evolución dependerá de cómo se materialicen las condiciones previstas. En su Informe de Política Monetaria de septiembre, el Banco Central de Chile redujo su proyección de crecimiento para 2026 a un rango de entre 0,25% y 0,75%, mientras que para 2027 anticipa una expansión de entre 2% y 3%.
En esta transición, la capacidad de anticiparse es fundamental. Un escenario de crecimiento puede abrir espacio para ampliar las ventas, incorporar nuevos clientes, revisar las condiciones comerciales o explorar otros mercados. Sin embargo, crecer implica asumir riesgos. Para hacerlo de manera sostenida, es necesario conocer con mayor profundidad a los clientes que forman parte de nuestra cartera y evaluar cómo evoluciona su comportamiento de pago.
Vender y cobrar no siempre van unidos: una cartera que crece puede ser una buena noticia para cualquier área comercial, pero si los plazos de pago se extienden o aumenta la exposición a determinados clientes, ese crecimiento también puede generar presión sobre la liquidez. Por eso, conocer no solo cuánto vendemos, sino también a quién vendemos y cómo responde a sus compromisos de pago, debe hacer parte de una gestión responsable.
La evolución del riesgo empresarial refuerza la importancia de este análisis. Según la Cámara de Comercio de Santiago, el Índice de Riesgo Empresarial se situó en 7,63 puntos durante el primer semestre de 2026, por encima del promedio de 2025, mientras que su componente de morosidad alcanzó los 10,12 puntos, un incremento interanual de 0,6 puntos.
Las empresas deben monitorear la evolución de sus clientes y evaluar de forma oportuna su exposición al riesgo, especialmente al momento de tomar decisiones comerciales. Antes de cerrar el ejercicio, revisar estos aspectos permite identificar posibles señales de alerta, ajustar correctamente las condiciones comerciales vigentes y los niveles de exposición y priorizar las gestiones de cobranza. Son acciones que contribuyen a una mejor administración del riesgo y ayudan a las empresas a terminar el año con una visión más completa de su cartera y de su situación financiera.
La planificación para 2027 debería incorporar estas variables desde el comienzo. Si la inversión y la actividad económica retoman el dinamismo previsto, las empresas necesitarán capacidad para responder a nuevas oportunidades sin comprometer su estabilidad financiera. Para ello, la gestión del riesgo de crédito debe entenderse como una herramienta proactiva para respaldar las decisiones comerciales y crecer con mayor seguridad.