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The Cure y sus canciones de un mundo perdido, remedio para la nostalgia. Por Gino Henríquez Campodonico, periodista.

Cuando has seguido a un grupo durante 37 años de tu vida es realmente complejo escribir con objetividad sobre su trabajo. Sin embargo, cuando te pones más viejo vas también exigiendo que el nivel de sus obras se mantenga incólume, como si ellos no tuvieran el derecho también a caerse.

Me pasó con los dos últimos discos de The Cure. El de 2004 llamado The Cure y el del 2008 titulado 4:13 Dream. Poco que rescatar y la verdad es que no les entregué tampoco muchas oportunidades. Dos o tres escuchadas a la rápida me bastaron y preferí seguir con los clásicos. Ya el de 1996, Wild Mood Swings y el del 2000, Bloodflowers, me habían dejado cierta inquietud, pero me terminaron por convencer y al final puse algunas de esas canciones en el sitial personal junto a las imperdibles.

Las canciones no eran joyas como las de Disintegration (1989) o Wish (1992), pero obedecían en líneas bien generales a un estilo y a una experimentación que Robert Smith siempre ha mantenido con el afán de sorprendernos. Pero insisto, desde el 2004 que prefería escuchar los lados B de algunos álbumes, recopilatorios o trabajos en vivo antes que recurrir a estas dos últimas adquisiciones.

Me deja tranquilo saber que el propio Smith calificó en una entrevista que el disco The Cure ha sido uno de los más bajos de su carrera. No andaba tan perdido. Y creo que tampoco lo estoy ahora, con la nueva obra estrenada el 1 de noviembre y titulada Songs of a Lost World, que contiene 8 canciones que llenan en absoluto el gusto de un viejo “cureano” como yo.

Varias de estas canciones las había podido escuchar el 30 de noviembre del año pasado cuando la banda británica vino a nuestro país por segunda vez. No sólo tocaron en el estadio Monumental dando un espectáculo de alta calidad, repitiendo casi las tres horas del primer concierto que dieron en Chile en el 2013 (esa vez en el Nacional), sino que también regalaron tres estrenos; Alone, Endsong y And Nothing is Forever.

Hasta el momento la crítica ha alabado el disco que dura cerca de 50 minutos, harto menos que las casi tres horas del show que dieron el viernes pasado para presentarlo en la sala The Troxy de Londres, junto a otros 23 temas históricos. Y es que es el primero en 16 años y el décimo cuarto en estudio desde que partieron en 1978, por lo que las expectativas eran muy altas, incluso para quienes no son tan fanáticos de la banda.

Actualmente, además de Smith, el grupo está integrado por el bajista Simon Gallup, el baterista Jason Cooper, el tecladista Roger O’Donnell, el guitarrista (ex Tin Machine junto a Bowie) Reeves Gabrels y el casi imperceptible Perry Bamonte, quien a veces colabora en guitarra y otras en los sintetizadores.

¿Pero es para compararlo con discos cumbres de The Cure como Pornography, Faith o el propio Disintegration? Las comparaciones jamás son buenas y todas estas obras obedecen a momentos creativos que pueden ser bien distintos. La gracia radica justamente en que sean distintos.

Se mantiene sí un sello, como también la incombustible calidad vocal de Smith, que a sus 65 años ha hecho de las canciones del mundo perdido un trabajo que emociona, por la honestidad, con esa tan reconocida melancolía hermosa que siempre los ha caracterizado.

Pero hay que advertir que no se trata de un disco comercial, con temas pegadizos para salir a bailar. No se van a encontrar con canciones que desajusten el verdadero diálogo que se crea de principio a fin, como ocurrió con Lovesong del Disintegration, que fue incluida por razones que ni ellos mismos entienden hoy. Igual amo esa canción.

Por momentos llega a ser desgarrador, oscuro, pantanoso, pero al mismo tiempo hermoso. No hay nada mejor que aprender a convivir con la melancolía y abrir el corazón a los sentimientos que no siempre son de alegría. Por eso creo que los siempre festivos brasileños, sabios ellos, le pusieron un nombre muy lindo a la nostalgia, “Saudade”.

Hay tiempo para todo, y Smith lo sabe. Tampoco es una persona mayor que esté pensando en suicidarse o esté hastiada de la vida. Este trabajo es más bien intimista y habla de momentos complejos que le tocó vivir en su vida personal, con un montón de pérdidas familiares, una pandemia que hacía pensar que el mundo se iba al carajo y con el hecho de saberse más viejo. En ese proceso de reflexión estamos muchos.

LAS 8 CANCIONES

En el análisis más rápido encontraremos, como ocurre en muchas de sus composiciones, introducciones muy extensas que dan paso a la voz del líder de la banda justo cuando comenzamos a creer que se trata de un tema instrumental.

Y en el desglose bastante resumido podemos decir que el álbum parte con Alone, cuyo comienzo melódico emociona y te introduce a las primeras frases: “Este es el final de cada canción que cantamos. El fuego se redujo a cenizas. Y las estrellas se oscurecieron con lágrimas. Frío y miedo”.

Después de este primer golpe llega And Nothing Is Forever, en la que si bien Smith asegura que nada dura para siempre, sería hermoso poder contar en esos últimos minutos de vida con las personas que más has amado. “Prométeme que estarás conmigo al final. Dime que estaremos juntos sin arrepentimientos. Por más lejos que estés, me recordarás esta noche”.

La tercera canción, A Fragile Thing, abre con el bajo inconfundible de Gallup para dar paso a lo que uno podría sospechar con bastante mala intención lo que Smith siente respecto de su propia relación con Mary Poole, con quien está casado hace más de 30 años, aunque también hay que recordar que fue la musa inspiradora de Lovesong (que le escribió como regalo de bodas), Just Like Heaven o Pictures of You. “Este amor es algo frágil. No hay nada que puedas hacer para revertirlo, dijo. No puedes hacer nada más que cantar”, reza el estribillo.

Las guitarras distorsionadas caracterizan la cuarta canción, Warsong. “No hay un camino para la paz”, pensando quizás en el convulsionado mundo envuelto en guerras en el que vivimos y que parece no terminar, aunque también hace una reflexión personal: “veneno en nuestra sangre y dolor, sueños rotos, esperanzas tristes. Por todo lo que pudimos ser, todo malinterpretado”.

El quinto tema es Drone: Nodrone en donde vuelve a destacar el bajo de Gallup y el piano al estilo de los temas de Wish. Pareciera que es el diálogo del hombre maduro que recurre a una infidelidad para sentirse más “vivo”, pero niega hasta morir. Las guitarras vuelven a distorsionarse.

Después de eso llega la hermosa I Can Never Say Goodbye, donde Robert Smith recuerda a su hermano Richard fallecido y de quien ni siquiera pudo despedirse. Partidas que son imposibles de olvidar.

La penúltima es  All I Ever Am, con el sonido cure más característico y parecido al álbum Wish, lejos mi favorita, con una mezcla de teclados armoniosos y un batería dura y seca. “Pienso demasiado en todo lo que vendrá. En cómo será después de que me rinda. Mi cansado baile con la edad y la resignación me mueve lento. Hacia un escenario oscuro y vacío, donde puedo cantar el mundo que conozco”. Absolutamente autobiográfica, no sólo para Robert.

Y todo termina justamente con Endsong. Una introducción de 6 minutos 27 segundos para un tema que dura 10 minutos y una letra en donde las reflexiones respecto al paso del tiempo y sobre lo que pudo ser y no fue, regresan. Se junta a eso el sentimiento de orfandad cuando vas perdiendo en el camino a esas personas que más amabas.

Un cierre perfecto para un disco que siempre mantiene la misma línea sin ser monótono, que no es autoflagelante, pero sí evocador y que pese a todo, vuelve para refrescar el espíritu y a enseñar que en la melancolía, como en el arte en general como decía Frida, hay mucha tristeza bella.

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