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Cuando la IA te dice que todo está bien: la urgencia de enseñar a pensar. Por Juan Pablo Catalán, académico de Educación, UNAB

Los equipos intervinieron el sector adyacente a la planta y al emisario, sumándose a una jornada territorial que permitió retirar más de una tonelada de residuos en la bahía de Quintero y Puchuncaví.

La Inteligencia Artificial nunca nos reta. Nunca nos dice “esto está mal”, “revísalo de nuevo”, “te estás equivocando”. Todo lo celebra, todo lo embellece, todo lo suaviza. Es un compañero amable… quizá demasiado amable.
Y ahí está el peligro: si la tecnología solo nos aplaude, ¿quién nos enseña a pensar?

Lo cierto es que ninguna inteligencia artificial —por muy brillante que parezca— puede reemplazar ese gesto profundamente humano de dudar, discutir, contrastar y abrir grietas en lo evidente. Si uno no pregunta bien, la IA responde bonito. Si uno no objeta, la IA ofrece certezas que jamás cuestiona. Y si la escuela no entra en esta conversación, nuestros niños, niñas y jóvenes crecerán creyendo que todo lo que dice una pantalla es verdad.

Por eso, en esta época donde las respuestas llegan antes que las preguntas, la alfabetización digital crítica se convierte en un acto de supervivencia democrática. La escuela no puede seguir siendo un espacio pasivo frente a la turbulencia tecnológica. Tiene que volverse un lugar donde se entrene la sospecha, la argumentación, la pausa. Un lugar donde no todo se copie y pegue, donde no todo se crea sin cuestionamientos, donde la inteligencia humana siga siendo la brújula.

Chile ha dado un paso importante —y poco reconocido— al crear uno de los primeros marcos de competencias digitales docentes en Latinoamérica, inspirado en el trabajo de la UNESCO. Sobre el papel, parece que avanzamos rápido. Pero en la sala de clases la historia es otra: docentes sin formación actualizada, tiempos que no alcanzan, metodologías que siguen siendo las mismas de hace veinte años, y un sistema escolar que corre detrás de una tecnología que no espera a nadie.

El doctor en Psicología de la Educación indio, Punya Mishra, lo dijo con claridad: la IA no distingue verdad de mentira. Y Gert Biesta, profesor de Teoría de la Educación y Pedagogía insiste en que la educación no es llenar cabezas, sino formar criterio. Entonces, ¿Cómo esperar que un profesor enseñe ética digital o pensamiento crítico si no ha recibido la formación necesaria, si la agenda escolar lo consume, si la innovación se le exige, pero no se le acompaña?

Aquí está la tensión: la IA avanza como un río desbordado, mientras la escuela camina como quien sube un cerro con piedras en los zapatos. Y, sin embargo, es justamente en la escuela donde se juega el futuro. Porque ninguna herramienta tecnológica —por veloz, brillante o seductora que sea— puede reemplazar el rol de un buen profesor que enseña a dudar, a comparar, a detenerse, a no creerlo todo.

La gran promesa de la IA no está en que escriba por nosotros, sino en que nos obligue a recuperar el pensamiento crítico que hemos ido perdiendo por cansancio, velocidad o comodidad. Pero eso solo será posible si acompañamos a los docentes, si los formamos en serio, si dejamos de romantizar la innovación y empezamos a construirla desde la realidad del aula, no desde la comodidad del escritorio.

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