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Programas de Jara y Kast: el costo de no priorizar la ciencia en tiempos decisivos. Por Steffanie Kloss, académica del Magister en Comprensión lectora UNAB

Se modernizaronsus 1.150 m², incorporando una nueva distribución de las áreas de entrenamiento, salas completamente renovadas, espacios de cowork y una infraestructura que eleva el estándar deportivo de la Región de Valparaíso.

Mesas y sillas plegables, bolsos para picnic, cocinillas y carpas forman parte de la propuesta de la marca, que también cuenta con un showroom en Quilpué para conocer sus productos de cerca.

La división de la estatal licitó un contrato a ocho años que reemplazó la totalidad de sus vehículos diésel por unidades cero emisiones, adelantándose a las metas corporativas de la cuprífera al 2030.

Es reconocido el rol de la ciencia como motor del desarrollo, la innovación y, de manera más altruista, la construcción de conocimiento. Sin embargo, lejos de parecer un emblema en las candidaturas presidenciales actuales, ha sido relegada a segunda fila.

Al revisar los programas de los candidatos Kast y Jara —extraídos desde el Servicio Electoral— la palabra ciencia aparece apenas 0 y 7 veces, respectivamente. El programa de Jara otorga a la ciencia, el conocimiento y la innovación un rol central y explícito como motor para la transformación económica del país, estableciendo metas específicas de inversión (como duplicar el I+D al 1% del PIB) y mecanismos institucionales para su gestión y aplicación (ANID, Asesoramiento Científico al Estado), pero sin mecanismos claros que aseguren viabilidad.

Por su parte, los extractos del programa de Kast no mencionan la palabra ciencia directamente. Si bien se reconoce la importancia de la tecnología y la innovación, estas se presentan principalmente como herramientas aplicadas para mejorar la seguridad, la eficiencia estatal y la economía, sin destacar el fomento de la ciencia como disciplina fundamental para el desarrollo de largo plazo, a diferencia del enfoque más integral propuesto por Jara.

Esta presencia sucinta en un programa y nula en otro contrasta con la centralidad que se otorga a asuntos como el empleo, la delincuencia y la violencia. Incluso en el caso de Jara, donde la ciencia aparece mencionada y se plantean metas concretas, el tema sigue ubicado en la trastienda de las prioridades políticas: no logra instalarse como un eje estratégico del desarrollo, sino como un complemento. Y ese es precisamente el problema: que la ciencia continúe tratándose como un lujo o un anexo técnico, en lugar de una herramienta imprescindible para enfrentar los desafíos que más preocupan al país.

Hacer ciencia va más allá de la caricatura del investigador frente a un computador o en un laboratorio. Implica buscar ideas innovadoras, leer por meses para detectar vacíos en el conocimiento y proponer soluciones reales. No es un proceso inalcanzable, pero sí uno que demanda tiempo y recursos. Un científico pasa al menos once años en formación entre pre y postgrado para obtener el grado de doctor; quienes continuamos en un postdoctorado podemos tardar catorce o más. Y aun cuando esa etapa se completa, el camino no termina ahí.

Con la idea formulada y un espacio de trabajo definido, viene el desafío mayor: obtener financiamiento. Los investigadores postulamos a concursos altamente competitivos, con tasas de adjudicación que apenas superan el 25%. Esto significa que muchas buenas ideas nunca llegan a desarrollarse, no por falta de mérito, sino porque la ciencia sigue sin ser prioritaria para el país.

Por ello, invito a los ciudadanos: a quienes nos apremia que se solucionen las listas de espera en los hospitales, a quienes exigimos vivir con seguridad y también acceder a un trabajo digno, a darle un espacio, aunque sea pequeño, a la ciencia. Porque con ella podemos avanzar, mejorar nuestra calidad de vida y pensar en un Chile que no solo quiera parecer desarrollado, sino realmente serlo.

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