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Potestas y auctoritas. Por Dr. Eduardo D. Muñoz Saavedra, Director Licenciatura en Historia UNAB

Pese a lo prematuro que podría parecer cualquier balance del gobierno de José Antonio Kast, resulta pertinente esbozar algunas advertencias iniciales. Desde el presidente hasta su círculo más cercano, se ha evidenciado una discreta capacidad comunicativa, que en ocasiones roza cierta rusticidad, con expresiones restrictivas y, en algunos casos, abiertamente coloquiales. No son menores, en este sentido, los roces protagonizados por el ministro Iván Poduje con diversos actores sociales, por ejemplo.

El lenguaje, en política, no constituye un mero problema estético: es el principal medio a través del cual la autoridad legítima, de manera razonada, su poder de mando. Conviene ser claros: gobernar no se reduce a ejercer poder o acumular facultades formales, sino a dotar ese ejercicio de densidad, es decir, de autoridad.

Los romanos —más lúcidos en estas materias que muchos contemporáneos— distinguieron con precisión entre potestas y auctoritas. La primera refiere a la capacidad efectiva de mando, sostenida en la ley y, en última instancia, en la fuerza. La segunda, en cambio, remite al prestigio moral, intelectual y simbólico que legitima dicho mando. Es posible detentar potestas sin auctoritas, pero ese es, precisamente, el camino más corto hacia la fragilidad del poder.

La actual administración parece encarnar, al menos por ahora, esa dislocación. Su sostén radica en el poder formal, pero ha evidenciado dificultades para construir una autoridad que lo haga inteligible, incluso entre quienes lo respaldaron electoralmente. Con todo, este no es solo un problema gubernamental: constituye el síntoma de una fractura más profunda en la élite chilena —y, por extensión, en la sociedad en su conjunto—, donde el conocimiento histórico, la cultura y las humanidades han sido progresivamente desplazados por una lógica instrumental, inmediata y empobrecida.

Cabe, entonces, una advertencia final: cuando la autoridad se desvanece, el poder queda desnudo. Y un poder sin contenido —sin historia, sin reflexión, sin densidad cultural— no tarda en devenir en mera imposición, en potestas sin auctoritas.

 

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