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Día de la Creatividad: el rol de la escuela en tiempos de inteligencia artificial. Por Juan Pablo Catalán, académico e investigador de Educación UNAB

Cada 21 de abril se celebra el Día Mundial de la Creatividad y la Innovación, una fecha instaurada por las Naciones Unidas para reconocer el valor de la creatividad como motor del desarrollo humano, social y cultural. No es una efeméride decorativa. Es, más bien, una invitación urgente a mirar nuestras escuelas y preguntarnos con honestidad qué lugar ocupa hoy la capacidad de imaginar, crear y soñar en la formación de niños, niñas y jóvenes.

La irrupción de la inteligencia artificial ha llegado con promesas de eficiencia y productividad. Sin embargo, la evidencia comienza a tensionar ese entusiasmo. Estudios recientes muestran que cuando el estudiante delega el proceso creativo en la tecnología, disminuye su esfuerzo cognitivo, debilitando la memoria y la capacidad de generar ideas propias (Barcaui, 2025). La advertencia es incómoda, pero necesaria: producir más no es sinónimo de crear mejor.

Desde ahí emerge una pregunta clave para el sistema educativo chileno: ¿estamos formando sujetos que piensan o simplemente usuarios que responden? Porque la creatividad no se origina en la inmediatez, sino en el tiempo pausado del pensamiento, en el error que abre caminos y en la duda que moviliza. Tal como advierte la UNESCO, el desafío no es incorporar tecnología sin más, sino hacerlo resguardando aquellas capacidades profundamente humanas que sostienen el aprendizaje significativo (UNESCO, 2023).

En este escenario, el rol del profesorado chileno adquiere una relevancia insustituible. No basta con integrar nuevas herramientas; se requiere criterio pedagógico para decidir cuándo usarlas y cuándo no. Proteger la creatividad es, en esencia, un acto de liderazgo educativo. Es diseñar experiencias donde el estudiante primero imagine, luego cree y recién después dialogue con la tecnología. Porque la inteligencia artificial puede amplificar una idea, pero no puede reemplazar el acto íntimo de concebirla.

Por ello, en nuestras escuelas deben recuperar centralidad aquellos espacios donde la creatividad se vive y no solo se enuncia: el juego que libera la imaginación, el teatro que permite explorar otras realidades, el dibujo y la pintura que traducen emociones, la música que conecta sensibilidad y pensamiento, el canto, la danza, la interpretación de instrumentos, el relato compartido, la conversación sin prisa y el derecho a soñar sin la presión de una respuesta correcta. No son actividades marginales; son territorios pedagógicos donde se construye pensamiento complejo y se cultiva la innovación genuina.

Celebrar la creatividad no puede ser un acto simbólico de calendario. Es una responsabilidad cotidiana que interpela a la escuela y, especialmente, a sus docentes. Son ellos quienes, con vocación y convicción, sostienen esos espacios donde aún es posible imaginar sin límites. En un sistema tensionado por resultados inmediatos, proteger la creatividad es también un acto de resistencia pedagógica.

Porque el verdadero riesgo no es que las máquinas aprendan a generar ideas, sino que dejemos de formar a quienes puedan soñarlas.

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