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Innovar no siempre es inventar algo nuevo. Por Ariel Jeria, Gerente general de Rompecabeza

En marketing -y en negocios en general- solemos asociar innovación con disrupción total, como si todo lo valioso tuviera que ser completamente nuevo. Pero la experiencia muestra algo distinto: muchas veces innovar no es inventar desde cero, sino hacer mejor lo que ya existe.

Cuando fundamos Rompecabeza en 2016, el mercado estaba lleno de agencias. No llegamos con una oferta inédita, pero sí con una convicción que en ese momento no era tan evidente: que la creatividad, por sí sola, no alcanza.

Conectar ideas con datos, medir lo que importa y tomar decisiones basadas en evidencia fue -y sigue siendo- nuestro punto de partida. Diez años después, el estándar subió. Hoy los clientes esperan algo más profundo: expertise real, proactividad y conocimiento de sus industrias.

Ese aprendizaje nos llevó a construir REVO, un ecosistema donde distintas capacidades conviven con una cultura común. No fue un camino lineal. Hubo proyectos que no prosperaron, como un restaurante o una marca de moda.

Otros, como una ginebra chilena premiada internacionalmente, demostraron que incluso con un gran producto el éxito no está asegurado. Emprender también es aceptar esa incertidumbre y aprender de ella.

Casos como Depto51 o Starbucks lo reflejan bien. Ninguno inventó su categoría, pero ambos redefinieron la forma de conectar con sus audiencias. Uno a través de contenidos cuando nadie lo hacía; el otro, transformando una experiencia cotidiana en un espacio de pertenencia. No innovaron en el producto, sino en la manera de llegar.

Ahí está, quizás, la clave. Innovar no siempre implica crear algo nuevo, sino atreverse a mirar distinto, a cuestionar lo establecido y a ejecutar mejor. En un entorno donde las herramientas están al alcance de todos, la diferencia no está en lo que hacemos, sino en cómo lo hacemos.

En el Día Mundial de la Creatividad e Innovación, vale la pena ampliar la conversación. Innovar también es insistir, equivocarse y volver a intentar. Porque, al final, el camino hacia mejores soluciones rara vez es perfecto. Pero siempre vale la pena recorrerlo.

 

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