La protección de nuestra niñez y de los entornos educativos es un imperativo que nadie cuestiona. Sin embargo, ante la reciente ola de amenazas de tiroteos que ha sacudido a diversas regiones del país, surge una pregunta: ¿estamos realmente abordando la multiplicidad de sus causas o solo reaccionando al síntoma?
Los últimos días nos hemos visto obligados a detenernos a pensar en el caso del Colegio de Calama, una muestra más de violencia que afecta a nuestros niños, niñas y jóvenes; esta vez de mayor impacto social por componentes que veíamos por primera vez en Chile. Desde entonces, la violencia escolar ha mutado. Ya no nos enfrentamos únicamente a los conflictos «habituales» de convivencia, sino a formas de coacción y amenazas que generan un clima de terror e indignación. La incertidumbre de estos hechos y su complejidad, escapa a la sola gestión de la convivencia escolar y requiere una mirada más amplia y sistémica.
Avanzar en la comprensión de estas nuevas formas de violencia requiere reconocer su diversidad y la necesidad de estrategias diferenciadas. No es lo mismo la violencia social que excluye, que aquella que surge entre pares como una forma deficiente de resolver conflictos. No lo es, una violencia con intencionalidad y crueldad y una de carácter reivindicativo de parte de quienes se sienten maltratados; una violencia situacional que traslada los conflictos del barrio al interior de las aulas, y aquella vinculada al narcotráfico. También las amenazas de tiroteos como otra expresión de violencia, asume múltiples significados y no puede abordarse bajo un protocolo estandarizado.
Si bien se han propuesto diversas medidas para fortalecer la seguridad en los establecimientos, es importante considerar que cualquier intervención también tiene efectos en la experiencia subjetiva de niños, niñas y adolescentes. La manera en que se percibe el cuidado, la vigilancia y el control influye directamente en el clima emocional, en los vínculos y en la sensación de pertenencia. Por ello, el desafío no solo radica en prevenir hechos de violencia, sino también en resguardar espacios educativos que sigan siendo percibidos como seguros desde lo psicológico, donde el bienestar y la confianza no se vean erosionados.
Los sistemas escolares enfrentan estas amenazas con bajas expectativas y legítimos temores. Las enfrentan en un contexto con un elevado deterioro de la salud mental, con jóvenes líderes en conectividad digital, con una cultura marcada por la crueldad y, lamentablemente, con un grupo significativo de jóvenes con baja expectativa de vida, no solo en calidad, sino en años. Niños/as y jóvenes desesperanzados que asumen riesgos del que no pueden salir, ingresan temprano al mundo delictual o desgraciadamente terminan con sus vidas.
Urge pensar en aquello que está afectando a nuestros niños, niñas y adolescentes, cómo nuestra sociedad se torna más violenta en las voces de los líderes mundiales, en los medios de comunicación y en las redes, lo que va replicándose en colegios y liceos, y en cómo impacta este clima de violencia su desarrollo y bienestar.
Más allá de las acciones concretas, se requiere fortalecer prácticas que promuevan la regulación emocional, el sentido de pertenencia, el reconocimiento y la construcción de vínculos significativos. Más que nunca necesitamos aprender a navegar la incertidumbre, complejizar el análisis y generar prácticas transformadoras que permitan construir nuevos modos de convivir, desde el cuidado, la comprensión y la responsabilidad compartida.