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Lecturas que abrazan: memoria, infancia y lenguaje. Por Paulina Pizarro Académica investigadora Facultad de Educación Universidad de Las Américas

Hay libros que no se olvidan. No porque los hayamos leído una sola vez, sino precisamente porque los leímos demasiadas veces. Los vimos, tocamos y llevamos de un lado a otro, hasta que sus páginas empezaron a ceder. Mi libro favorito de la infancia fue Amalia, la historia de una gallina, de la autora Paz Errázuriz. No recuerdo con exactitud su editorial ni su año de publicación, pero sí evoco en mi memoria algo más importante: cómo se sentía, olía y veía.

Era un libro grande, de esos que obligan a abrir bien los brazos para sostenerlo. Tenía fotografías reales y un fondo azul profundo que, hasta hoy, recuerdo con nitidez. Lo llevaba conmigo a todos lados, como si fuera una extensión de mi propio cuerpo. Hasta que un día ya no estuvo. Probablemente se desintegró entre tanto uso, y fue reemplazado por otros libros que llegaron después.

Hoy entiendo mejor por qué ese libro permanece en mi memoria. No es solo la historia. Es la experiencia, el formato, el tamaño, las imágenes, el color. Es el cuerpo del libro como objeto significativo. Pero, sobre todo, es la compañía.

La lectura, en sus primeras etapas, es profundamente social. Es un acto compartido, una construcción conjunta de sentido. Un adulto que narra, señala, que modula la voz, repite y espera. Un niño o niña que escucha, anticipa, interrumpe, pregunta y que vuelve a pedir “otra vez”. Esa escena —tan cotidiana como poderosa— es la base sobre la cual se construye el placer lector.

En ese proceso, sin darse cuenta, el infante está internalizando lenguaje. Está aprendiendo palabras nuevas y sofisticadas. Está comprendiendo cómo se organizan las oraciones, la gramática. Está reconociendo patrones narrativos y desarrollando lo que, desde la investigación, sabemos que es clave: un lenguaje cada vez más complejo, preciso y propio.

En un contexto donde muchas veces se instala la urgencia por “aprender a leer” cada vez más temprano, vale la pena detenerse y volver a lo esencial: el encuentro con el libro como experiencia significativa. No se trata solo de decodificar letras, sino de habitar historias. De reír, anticipar y emocionarse.
Quizás hoy Amalia ya no esté en mis manos. Pero sigue estando en mi memoria, en mi forma de entender la lectura, en mi manera de enseñar. Porque ese libro —como tantos otros que habitan las infancias— no solo cuenta una historia: construye una relación.

Y esa relación, cuando está mediada por el afecto y la compañía, tiene el poder de quedarse para siempre.

 

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