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El cobre no basta. Por Boris Pastén, director de Ingeniería en Negocios Internacionales UNAB

El cobre volvió a marcar máximos históricos, superando los US$6,2 por libra, impulsado por una combinación de fuerte demanda estructural ligada a inteligencia artificial y transición energética, junto con crecientes preocupaciones sobre la oferta global.

El conflicto entre Irán y Estados Unidos ha añadido mayor volatilidad al mercado, elevando riesgos sobre energía, transporte y cadenas de suministro mineras. Hace solo algunos meses, incluso las proyecciones más optimistas veían difícil acercarse a US$7 la libra durante 2026. Hoy, tras una seguidilla de nuevos récords, ese escenario comienza a parecer bastante más plausible.

En cualquier otro momento de la historia económica reciente de Chile, un escenario de cobre en máximos históricos habría estado acompañado por proyecciones de crecimiento bastante más robustas. Sin embargo, la última Encuesta de Expectativas Económicas del Banco Central proyecta que la economía chilena volvería a crecer en torno a 2% durante 2026. Más allá de algunas cifras puntuales mejores a lo esperado, el problema de fondo parece ser otro: Chile se ha ido acostumbrando a crecer cerca de esos niveles, muy lejos de las tasas observadas hace dos décadas.
El desafío ya no parece únicamente cíclico, sino también estructural. Durante años, el país construyó buena parte de su estabilidad sobre una combinación de disciplina macroeconómica, apertura comercial e inversión. Hoy, en cambio, parece haberse instalado una lógica distinta: administrar un crecimiento bajo más que recuperar dinamismo económico sostenido.

El contraste con Perú resulta particularmente ilustrativo. Durante la pandemia, la economía peruana sufrió una caída mucho más profunda que la chilena. Sin embargo, la recuperación posterior fue más dinámica y respaldada por inversión productiva concreta. Mientras Chile continúa moviéndose cerca de 2%, Perú nuevamente crecería cerca de 3% este año.

Parte importante de esa diferencia se explica precisamente por cómo ambos países aprovecharon el nuevo ciclo del cobre. Perú avanzó agresivamente en proyectos mineros y logística. Quellaveco, con inversiones cercanas a US$5.500 millones, comenzó producción comercial en 2022 y elevó significativamente la producción peruana. A ello se suman Mina Justa, futuros proyectos como Los Chancas y el Puerto de Chancay, una iniciativa superior a US$3.500 millones que busca posicionar a Perú como plataforma logística hacia Asia.

Chile también ha desarrollado proyectos relevantes, como Quebrada Blanca 2. Sin embargo, buena parte de la inversión minera reciente ha estado orientada más a sostener producción frente al deterioro natural de yacimientos maduros que a expandir significativamente la capacidad productiva. El contraste también aparece en infraestructura. Mientras Perú avanzó rápidamente en Chancay, Chile continúa enfrentando extensas discusiones regulatorias, ambientales y administrativas respecto a la expansión del Puerto de San Antonio, principal terminal portuario del país.

La discusión de fondo probablemente no pasa solo por cuánto crecerá Chile este año, sino por cuánto puede crecer de manera sostenida durante la próxima década. Porque recuperar crecimiento estructural requiere mucho más que estabilidad macroeconómica. Exige inversión, productividad y capacidad efectiva para concretar proyectos estratégicos en plazos razonables.

 

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