Cada vez que usamos una aplicación para movernos por la ciudad, consultamos una plataforma de salud o recibimos alertas ante emergencias, hay ingeniería detrás. Pero durante mucho tiempo, quienes diseñaban esas soluciones en Chile respondían a un perfil bastante homogéneo: masculino. Hoy, lentamente, ese escenario comienza a cambiar, aunque las cifras todavía muestran una brecha importante.
En Chile, las mujeres representan apenas un 19,7% de la matrícula en carreras STEM y el país continúa entre los de menor participación femenina en Tecnologías de la Información en Latinoamérica. Sin embargo, la discusión ya no pasa únicamente por aumentar números. La verdadera pregunta es qué ocurre cuando las mujeres logran entrar, permanecer y liderar en ingeniería. Y la respuesta es clara: las soluciones cambian, las prioridades se amplían y la tecnología comienza a dialogar mejor con la vida cotidiana de las personas.
La ingeniería no es solo cálculo, programación o infraestructura. También es una manera de resolver problemas sociales, sanitarios y humanos. Ahí, la presencia femenina ha demostrado tener un impacto decisivo. Durante la pandemia, por ejemplo, la ingeniera Carla Taramasco lideró el desarrollo de EPIVIGILA, plataforma fundamental para el monitoreo epidemiológico del COVID-19 en Chile. En otro ámbito, Barbarita Lara desarrolló el Sistema de Información de Emergencias (S!E), tecnología capaz de mantener comunicaciones incluso sin internet durante catástrofes naturales.
Son ejemplos que muestran algo importante: cuando las mujeres participan en espacios de innovación, la ingeniería deja de verse como una disciplina lejana y se transforma en una herramienta concreta para responder a problemas reales.
El impacto también se observa en educación. La ingeniera matemática Salomé Martínez, reconocida por UNESCO y primera mujer en recibir el Premio a la Ingeniera por Acciones Distinguidas en 2024, ha impulsado iniciativas para democratizar el aprendizaje de las matemáticas. Su trabajo recuerda que la ingeniería no solo construye tecnología; también puede abrir oportunidades y reducir desigualdades.
Paradójicamente, cuando las mujeres ingresan a estas áreas, sus resultados académicos suelen ser incluso superiores a los de sus pares masculinos. El problema, entonces, nunca ha sido la capacidad. Las barreras aparecen antes: estereotipos, falta de referentes visibles, sesgos culturales y escasa promoción temprana de estas disciplinas entre niñas y adolescentes.
Por eso, el desafío de Chile no es únicamente incorporar más mujeres a ingeniería, sino construir entornos donde puedan desarrollarse, investigar, liderar y permanecer. Eso implica políticas educativas, redes de apoyo, visibilización de referentes y una transformación cultural más profunda.
En un país que busca avanzar hacia una economía basada en innovación, inteligencia artificial y desarrollo tecnológico, excluir talento femenino ya no es solo una desigualdad: también es un error estratégico. Porque el futuro tecnológico no se construye únicamente con más conocimiento, sino también con diversidad de miradas.
Y quizás ahí está la principal transformación pendiente: entender que una ingeniería verdaderamente moderna no puede seguir diseñada solo por algunos, cuando sus efectos impactan a toda la sociedad.