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El no tan dulce sabor de las cerezas. Por Bracey Wilson, académico de la Escuela de Negocios UAI

Chile es el primer exportador de cerezas a nivel mundial, concentrando el 55,75% del valor de exportación global. ¿Qué ha pasado entonces con esta industria? Al inundar el mercado chino con volúmenes masivos sin una segmentación de marca país robusta, hemos destruido el factor “novedad” y “exclusividad” que sostenía los precios premium. La cereza pasó de ser un regalo de estatus a un producto de consumo cotidiano y masivo, perdiendo su “magia” y su capacidad de capturar márgenes elevados.

Nuestro país parece estar condenado a repetir su historia agrícola. La cereza es solo el último capítulo de una trayectoria marcada por apuestas estratégicas que no han logrado consolidarse y que comparten un mismo ADN: el descuido de la marca y la calidad intrínseca en favor del volumen rápido. Pasó con los arándanos y los kiwis, y hoy el “efecto Ferrero Rocher” impulsa una plantación masiva de avellanas en el sur de Chile. Una vez más, esto nos expone a una dependencia peligrosa de un solo gran comprador global.

Hace dos años lo advertí en la feria Fruittrade: “Si los chinos ven que algo es un gran negocio, van a aprender y luego lo van a hacer ellos mismos”. Lo hemos visto con las marcas de ropa y autos y hoy esa advertencia es una realidad palpable en el mercado de las cerezas, y es que empresas como Joy Wing Mau y Pagoda ya no se conforman con ser compradores. Están ejecutando una estrategia de integración vertical inversa, adquiriendo tierras y productores directamente en Chile. Buscan controlar toda la cadena: desde el árbol en Curicó hasta la mesa en Shanghái.

La dilación de pagos que enfrentan hoy los productores chilenos no es un error logístico; es una herramienta de presión financiera. Al estar los productores chilenos atomizados y trabajando de forma aislada, pierden todo poder de negociación frente a un bloque de compradores chinos coordinados. La asfixia financiera obliga al productor local a vender sus activos (sus campos) a precio de liquidación, facilitando la toma de control por parte de capitales extranjeros.

Para que la agricultura chilena deje de ser una reacción a los precios de ayer, deben existir equipos biculturales en las empresas, que funcionen tanto en Chile como en Asia.

China no solo ha cambiado el cómo se vende, sino el qué y el cómo se produce. La plataforma de comercio digital Pinduoduo (PDD) debe ser estudiada en el país y es que ha demostrado que la tecnología en el campo no es un lujo, sino una necesidad de rentabilidad. En sus competencias de agricultura inteligente, han probado que el uso de algoritmos de IA y controles automatizados puede generar casi tres veces más rendimiento y un 76% más de ROI que los métodos tradicionales.

A diferencia del modelo chileno, donde el productor planta y «reza» para que el mercado compre, PDD opera con una integración vertical inversa: conectando a más de 16 millones de agricultores con una base de 800 millones de consumidores, eliminando capas de intermediarios que se quedaban con el margen; entregando un sistema de logística ultra-eficiente, que permite que el producto llegue del campo a la mesa en menos de 24 horas, optimizando rutas y reduciendo la huella de carbono; y ha formado a más de 100 mil “nuevos agricultores”, jóvenes emprendedores que regresan a sus zonas rurales para liderar negocios de e-commerce agrícola.

Mientras nosotros seguimos enviando contenedores a ciegas, PDD está construyendo una red donde el dato es el que manda. Si la industria de la cereza no crea su propio «Duo Duo Chile» en China, seguiremos siendo víctimas de un sistema que ya nos superó tecnológicamente.

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