Durante décadas, la enfermedad cardiovascular fue estudiada y comprendida principalmente como un problema masculino. Aunque hoy sabemos que afecta de manera importante a las mujeres, muchas siguen llegando tarde al diagnóstico.
La alerta es clara: las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la principal causa de muerte en mujeres chilenas y explican cerca de una de cada tres defunciones en el país.
El infarto femenino se manifiesta de manera distinta al de los hombres. No siempre aparece el dolor intenso en el pecho irradiado al brazo izquierdo. En muchas mujeres los síntomas son más silenciosos: fatiga intensa e inexplicable, sensación de presión leve en el pecho, falta de aire desproporcionada, náuseas, dolor en mandíbula, cuello o espalda alta, mareos, palpitaciones o sudoración fría. Incluso días o semanas antes pueden existir señales aparentemente menores, como insomnio persistente, agotamiento inusual o la sensación de que el cuerpo “no está funcionando igual”.
Con frecuencia, estos síntomas se interpretan como estrés, ansiedad, cansancio acumulado o cambios hormonales, retrasando una evaluación médica que puede resultar decisiva. Este fenómeno no es menor: los síntomas de infarto en las mujeres suelen ser subestimados y atribuidos a causas emocionales como ansiedad o estrés, lo que disminuye la sospecha de un origen cardiovascular y favorece diagnósticos tardíos, aumentando el riesgo de complicaciones y mortalidad por un manejo inoportuno. A ello se suma un problema histórico: gran parte de la investigación cardiovascular se realizó durante años en hombres, construyendo criterios diagnósticos desde una fisiología masculina.
Esto ha favorecido un sesgo de género donde los síntomas femeninos pueden minimizarse o atribuirse erróneamente a factores emocionales o propios de la menopausia. Como consecuencia, las mujeres menores de 55 años presentan casi el doble de probabilidades de morir en el hospital tras un infarto en comparación con sus pares masculinos, fenómeno asociado a la demora en consultar —muchas veces por no reconocer sus propios síntomas—, a una menor sospecha diagnóstica en los servicios de urgencia y a una menor tasa de intervenciones invasivas oportunas.
Una enfermedad cardiovascular avanzada puede traducirse en licencias laborales prolongadas, menor capacidad funcional, dificultades de reintegro e incluso salida anticipada del trabajo. Muchas mujeres, además, sostienen una doble o triple carga: empleo remunerado, tareas domésticas y cuidados familiares. Esta sobreexigencia mantiene elevados los niveles de cortisol y otras hormonas del estrés, favoreciendo hipertensión, inflamación, alteraciones metabólicas y daño vascular.
Tras la pandemia, además, el deterioro de la salud mental y el aumento del burnout han profundizado el riesgo cardiovascular. Estrés crónico, ansiedad, depresión y agotamiento emocional afectan directamente el corazón. Este estado suele traducirse en peor calidad de sueño, postergación de controles preventivos, menor actividad física y un deterioro progresivo de los hábitos de autocuidado.
Otro momento crítico ocurre durante la menopausia. La disminución de estrógenos —de reconocido efecto cardioprotector— favorece aumentos del colesterol LDL, grasa abdominal, presión arterial y resistencia a la insulina. Por ello, la menopausia debe entenderse también como una oportunidad para evaluar riesgo cardiovascular y reforzar prevención.
La salud cardiovascular femenina exige escuchar el cuerpo, consultar oportunamente y reconocer que el sesgo de género en salud sigue teniendo consecuencias concretas y potencialmente fatales. Comprender que el bienestar mental, el trabajo y el corazón están profundamente conectados ya no es opcional: es una urgencia sanitaria, laboral y social.