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De la geopolítica a la geohumanidad: El rescate del espíritu en la era del algoritmo. Por Raúl Caamaño Matamala, profesor Universidad Católica de Temuco

Este sábado 30 de mayo, el campo deportivo Refinería Concón será escenario de una nueva jornada abierta a la comunidad, que pondrá en valor la historia de la Hacienda Concón Bajo, fue hospital de campaña durante la Guerra Civil de 1891, y el patrimonio arqueológico del sector.

Los primeros compases de este año 2026 nos siguen exigiendo un escaneo profundo, detenido y sin anestesia de nuestra realidad. Recientemente, el Vaticano ha puesto música global, excelsa a una inquietud que desde las aulas del sur de Chile venimos cavilando: la publicación de la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV.

Este documento no es un lamento tecnófobo, sino un imperativo categórico que nos convoca a transitar, con urgencia y presteza, desde una geopolítica fría hacia una geohumanidad solidaria. ¿Es posible lograrlo en tiempos de asedio digital? ¡Sí!, creo que es posible.

La geopolítica tradicional hoy se asemeja a un tablero de «Monopoly»: un espacio de dominio ciego, convenios para la foto y un sutil «yoísmo» que deviene en egocentrismo. A este panorama se suma ahora el acoso invisible del algoritmo. Lo vivimos a diario. Basta un clic erróneo para que la publicidad nos persiga, nos clasifique por tramos etarios y pretenda conducir nuestros designios.

Frente a este repliegue narcisista, la geohumanidad coloca el foco en las personas y en el grado de reconocimiento mutuo. Como solía, y suelo, evocar en mis aulas: yo es nadie sin el tú. La individualidad se consagra en el encuentro, no a pesar de él. ¡Es tiempo de cultivar la nostridad!

Este desafío es, en su raíz, profundamente pedagógico. Si con la televisión llegamos tarde al banquete de las conclusiones, con la Inteligencia Artificial no podemos permitirnos el lujo de la mera observación pasiva. Noto con legítima preocupación cómo, para el estudiante actual, la IA se ha transformado en un SOS; un grito de auxilio ante la página en blanco que termina por silenciar la voz propia y menguar el pensamiento crítico.

León XIV lo advierte con lucidez en su encíclica: la máquina puede imitar la respuesta, pero no posee el pulso ético ni el sentido de trascendencia. La IA debe ser el combustible que nos permita llegar más lejos, jamás ser el motor que dirija nuestras vidas. El valor reside en nuestra capacidad humana de editar, cuestionar y elevar el insumo técnico hacia un propósito noble.

La verdadera inteligencia, como nos recordaba Edgar Morin, no es la que ofrece la respuesta más rápida, sino la que sostiene la pregunta más necesaria en medio de la incertidumbre.

Para que los algoritmos tengan ética, la ciencia y la tecnología deben ser humanizadas desde su origen. Y ese milagro ocurre en los espacios comunitarios, allí donde los profesores privilegiamos la formación de seres de bien, dispuestos y disponibles para el prójimo. Urge, por tanto, recuperar el valor del proceso, de la espera y del choque con lo real mediante salidas a terreno, visitas a instituciones, giras de estudio, verdaderas sí, y el roce humano que ninguna pantalla bidimensional podrá replicar. Habría que salir del aula, que esta no sea un espejo, que este se transforme en ventana, que otee el horizonte. ¿Por qué desdeñar los museos, las salas de exposiciones, las obras de teatro, los talleres de creación literaria? Menos STEM, más STEAM. ¿Se entiende?

No permitamos que esta nueva era nos encuentre como espectadores mudos de un código matemático. Es la hora de construir puentes y desarmar muros; de dar espacio a la humildad frente a la soberbia tecnocrática. Que la técnica aprenda, por fin, a estar al servicio de la vida y su inagotable misterio.

La geohumanidad está en deuda, pero la siembra permanece viva en el aula. ¡Vamos, que se puede!

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