Este jueves 28 de mayo se conmemora el Día Internacional del Juego, una fecha que busca relevar la importancia del juego en el desarrollo integral de niños y niñas. Y aunque muchas veces se considera una actividad secundaria o un premio después de las responsabilidades, especialistas advierten que jugar es una necesidad fundamental para el aprendizaje y el bienestar infantil.
Según estudios de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Universidad Adventista de Chile y diversos observatorios de la niñez en el mundo, los niños y niñas en Chile llegan a los siete años acumulando cerca de 8.760 horas de juego, muy por debajo de las 15 mil horas recomendadas por expertos en primera infancia. La diferencia, aseguran, representa una pérdida significativa de experiencias clave para el desarrollo emocional, social y cognitivo.
“Hay seis mil horas de exploración, imaginación y aprendizaje que simplemente no están”, explica Carla Bustos Peña, educadora de párvulos y coordinadora de Currículum y Evaluación de Fundación Integra.
La especialista recalca que el juego no debe entenderse como una recompensa. “puedes jugar después de terminar tu comida”. Sin embargo, hay que aclarar que el juego no es un premio que se entrega después de un aprendizaje, el juego es el aprendizaje”, sostiene.
Desde los primeros meses de vida, los niños y niñas descubren el mundo a través del juego y la exploración. Una guagua que reacciona a estímulos, o un niño que imita acciones cotidianas como cocinar o leer un diario, desarrolla habilidades cognitivas, emocionales y sociales mediante esas experiencias.
Entre las causas del déficit de juego en la infancia, Fundación Integra identifica las extensas jornadas escolares, la falta de espacios públicos seguros, la falta de áreas verdes y el poco tiempo disponible de los adultos para compartir con sus hijos. Todo ello impacta en áreas como el desarrollo psicomotor, la gestión emocional y la capacidad de relacionarse con otros.
Frente a este escenario, la institución ha impulsado metodologías enfocadas en el juego libre y el aprendizaje al aire libre, promoviendo espacios donde niños y niñas puedan interactuar con la naturaleza, crear, equivocarse y volver a intentarlo.
Además, enfatizan el rol de las familias como el primer espacio de juego y aprendizaje. Acciones cotidianas como correr, cantar, enseñar juegos tradicionales o compartir tiempo juntos fortalecen vínculos afectivos y generan confianza.
“Recuperar el tiempo perdido es imposible, pero nunca es tarde para comenzar a jugar”, concluye Bustos.