El Día Mundial de la Esclerosis Múltiple, se conmemora con el propósito de visibilizar esta enfermedad, generar conciencia en la población y promover el acceso oportuno al diagnóstico, tratamiento y acompañamiento integral de quienes viven con esta condición.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud, más de 1,8 millones de personas viven con esclerosis múltiple en el mundo, aunque otras estimaciones internacionales elevan esa cifra a 2,8 millones. La enfermedad afecta principalmente a adultos jóvenes y tiene una mayor incidencia en las mujeres.
La esclerosis múltiple es una enfermedad autoinmune que afecta el sistema nervioso central, específicamente el cerebro y la médula espinal. Se produce cuando el sistema inmunitario ataca la mielina, aislamiento graso que recubre y protege las fibras nerviosas, interrumpiendo la transmisión de los impulsos eléctricos del cuerpo, provocando lesiones o cicatrices en el sistema nervioso y generando síntomas que varían considerablemente entre una persona y otra.
Aún no están claras las causas de la enfermedad, pero existen algunos factores de riesgo como: la edad, su aparición suele ocurrir entre los 20 y 40 años; el sexo, las mujeres tienen 2 a 3 veces más riesgo de desarrollar la enfermedad que los hombres; antecedente familiares, ya que el riesgo aumenta si tiene un familiar directo con la enfermedad; la exposición a algunos virus como herpes o retrovirus; la raza, siendo más frecuente en personas de raza blanca; y el clima, ya que estudios mencionan que el riesgo aumenta ante bajos niveles de vitamina D por poca exposición solar.
Entre los síntomas más frecuentes de la enfermedad se encuentran los problemas de visión, dificultades para caminar, mantener el equilibrio y la coordinación, rigidez, fatiga extrema, debilidad muscular, hormigueo en extremidades, dificultades cognitivas y trastornos emocionales e incluso depresión.
Aunque actualmente no existe una cura definitiva, los avances médicos de las últimas décadas han permitido mejorar significativamente la calidad de vida de las personas que la padecen. Hoy existen tratamientos farmacológicos que ayudan a reducir la frecuencia de las recaídas, retrasar la progresión de la enfermedad y controlar los síntomas. Asimismo, el acompañamiento psicológico, la rehabilitación física y las redes de apoyo cumplen un rol fundamental en el bienestar integral de las personas diagnosticadas. Las conexiones humanas, el apoyo comunitario y la
empatía social, mejoran la inclusión y la calidad de vida de las personas que enfrentan esta enfermedad y de sus familias.
Sin embargo, es necesario derribar prejuicios y combatir la discriminación que enfrentan muchas personas debido a discapacidades visibles e invisibles asociadas a esta enfermedad. Para eso es necesario fomentar el diagnóstico temprano, ya que detectar la enfermedad a tiempo puede marcar una diferencia significativa en la evolución clínica y en las oportunidades terapéuticas. Asimismo, se deben fortalecer las políticas públicas, ampliar el acceso a tratamientos y promover mayor investigación científica sobre esta enfermedad neurológica.