Cuando una empresa enfrenta una crisis, la atención suele dirigirse inmediatamente hacia la gerencia general, donde se analizan decisiones, vocerías y resultados. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a mirar un espacio que tiene una enorme responsabilidad en la cultura y el futuro de cualquier organización: el directorio.
Un directorio no existe para administrar el día a día. Su función es mucho más profunda. Está llamado a definir el rumbo, supervisar, anticipar riesgos y asegurar que las decisiones respondan a una visión de largo plazo. Y por sobre todo, tiene la responsabilidad de marcar el tono de la organización.
En el mundo del gobierno corporativo se suele escuchar que “el tono viene desde la cima» y aunque esta frase parece una idea sencilla, en la práctica marca una diferencia enorme, porque cuando un directorio promueve la transparencia, hace preguntas difíciles, exige información completa y demuestra coherencia entre lo que dice y lo que hace, esa conducta permea toda la organización. En cambio, cuando normaliza las zonas grises, evita conversaciones incómodas o pone los resultados por sobre los principios, ese mensaje también baja rápidamente a todos los niveles.
La cultura de una empresa no se construye solamente con códigos de ética o manuales de conducta, sino que se hace con decisiones, prioridades, con aquello que se premia y también con aquello que se tolera.
Hoy vivimos en un entorno donde la confianza se ha transformado en uno de los activos más valiosos para cualquier organización. Clientes, inversionistas, trabajadores y comunidades esperan empresas capaces de actuar con responsabilidad, incluso cuando nadie las está viendo. Por eso el rol del directorio ya no puede limitarse a revisar estados financieros o aprobar presupuestos, sino que debe involucrarse activamente en temas como la sostenibilidad, la gestión de riesgos, la ciberseguridad, la diversidad de miradas, la ética empresarial y la relación con los distintos grupos de interés.
En este sentido, un buen director o directora no sólo aporta experiencia técnica, sino también criterio y la capacidad de levantar alertas cuando algo parece no estar bien, aún cuando esa conversación resulte incómoda. Entiende que cuidar la reputación de una empresa es una tarea permanente y que prevenir siempre será más eficiente que reaccionar.
En Chile hemos avanzado significativamente en profesionalizar los directorios. Sin embargo, todavía existe espacio para fortalecer aspectos como la independencia, la diversidad de perfiles y la formación continua de quienes asumen estas responsabilidades.
Por ello, es importante entender que integrar un directorio significa entender que las decisiones nunca afectan sólo los resultados financieros, sino que también impactan en las personas, en la confianza que genera la empresa y en su legitimidad frente a la sociedad.
Las organizaciones que perduran no son necesariamente las que tienen el mejor trimestre, sino que son las que, con el tiempo, logran construir relaciones de confianza con sus trabajadores, clientes, inversionistas y comunidades. Y esa confianza no surge por casualidad, se construye desde el lugar donde se toman las decisiones más importantes, es decir, en la mesa del directorio.