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Los 10.000 pasos al día son mentira: la historia detrás del mito de salud más exitoso del mundo. Por Frano Giakoni Ramírez, director de la carrera de Entrenador Deportivo UNAB

Hay un número que vive en todos los relojes inteligentes, en todas las aplicaciones de salud y en casi todas las conversaciones sobre bienestar: 10.000. Diez mil pasos al día. Una meta que millones de personas persiguen con culpa cuando no la alcanzan y con satisfacción cuando la superan. El problema es que ese número no viene de la ciencia. Viene de una campaña de marketing japonesa de 1964, y nadie se molestó en revisarlo durante décadas.

La historia es tan inverosímil que merece contarse. Ese año, justo antes de los Juegos Olímpicos de Tokio, la empresa Yamasa lanzó un podómetro llamado Manpo-kei. En japonés, manpo significa diez mil pasos. El nombre no fue elegido por ningún fisiólogo ni respaldado por ningún estudio clínico. Fue elegido porque el carácter japonés para diez mil se parece visualmente a una persona caminando y porque el número redondo tenía buen gancho comercial. Décadas después, ese eslogan publicitario se convirtió en recomendación de salud global, fue incorporado como meta predeterminada en smartwatches y aplicaciones en todo el mundo y sigue ahí, instalado con una autoridad científica que nunca tuvo.

La ciencia, mientras tanto, dice algo bastante distinto. Un metaanálisis publicado en The Lancet Public Health que analizó 57 estudios de 35 cohortes distintas, encontró que caminar 7.000 pasos diarios se asocia con una reducción del 47% en el riesgo de mortalidad por cualquier causa.

Harvard llegó a conclusiones similares en un estudio con más de 16.000 mujeres adulta. Quienes caminaban 4.400 pasos al día ya mostraban una reducción significativa de mortalidad respecto a quienes caminaban 2.700. Y los beneficios se estabilizaban en torno a los 7.500 pasos, sin aumentar de forma relevante más allá de esa cifra. La OMS, por su parte, ha decidido no recomendar un número de pasos concreto en sus guías, prefiriendo hablar de tiempo y calidad del movimiento en lugar de una cifra sin respaldo científico sólido.

Todo esto importa más de lo que parece, porque los objetivos inalcanzables no motivan: desmotivan. Una persona sedentaria que escucha que debe caminar 10.000 pasos al día y que actualmente camina 2.000 puede perfectamente concluir que esa meta es imposible y no intentarlo. Si en cambio supiera que pasar de 2.000 a 5.000 pasos ya representa un cambio fisiológico real y medible, probablemente lo intentaría. La diferencia entre un objetivo razonable y uno arbitrario puede ser la diferencia entre moverse o no moverse, y en términos de salud pública eso tiene consecuencias concretas. En Chile, donde la Encuesta Nacional de Actividad Física muestra que la mayoría de la población adulta es sedentaria, esa diferencia es especialmente relevante.

Hay un dato adicional que vale la pena agregar porque convierte la caminata en algo todavía más accesible: caminar después de comer. Varios ensayos clínicos han mostrado que cinco a diez minutos de caminata suave después de una comida reduce de forma significativa los picos de glucosa en sangre, especialmente en personas con diabetes tipo 2 o síndrome metabólico. El efecto es superior al de una caminata de cuarenta y cinco minutos realizada por la mañana en ayunas. No hace falta una cancha, ni ropa deportiva, ni aplicación. Solo levantarse de la silla después de almorzar.

Los 10.000 pasos no son una meta peligrosa. Caminar más siempre es mejor que caminar menos. El problema no es el número en sí, sino la autoridad científica falsa con que se instaló en la cultura del bienestar global. Perseguir una cifra de marketing como si fuera una prescripción médica no es un error menor: es el reflejo de cuánto espacio ocupa el ruido en la conversación sobre salud y cuánto cuesta que la evidencia real llegue a las personas que más la necesitan. La dosis mínima de movimiento para vivir mejor es mucho más alcanzable de lo que el reloj inteligente sugiere. Y eso, en sí mismo, ya es una buena noticia.

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