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Chile y el desafío de liderar la innovación biomédica en Latinoamérica. Por Mailyn Calderón – Investigadora ITISB UNAB y miembro de la Red Chilena de Ingeniería Biomédica (REDCHIB)

Chile lleva más de dos décadas impulsando el desarrollo de la ingeniería biomédica desde universidades, hospitales y centros de investigación. Desde comienzos de los años 2000, distintas instituciones comenzaron a formar profesionales y desarrollar investigación en áreas como bioinstrumentación, biomecánica, telemedicina, inteligencia artificial aplicada a salud y dispositivos médicos.

Sin embargo, mientras el mundo avanzaba aceleradamente hacia ecosistemas integrados de innovación HealthTech, Chile avanzó lentamente en la construcción de un marco regulatorio moderno capaz de acompañar ese crecimiento. Por eso, el reciente anuncio del Instituto de Salud Pública (ISP), junto a Corfo y el programa Transforma Innovación en Salud, llega como una noticia positiva, pero también como un recordatorio de cuánto tiempo nos tomó comprender que la regulación no debía ser un freno para la innovación, sino parte esencial de ella.

La inversión de $2.500 millones para modernizar la regulación de dispositivos médicos representa una oportunidad estratégica para el país. Según Fortune Business Insights (2024), el mercado global de dispositivos médicos ya supera los US$ 570 mil millones y continuará creciendo sostenidamente durante esta década, impulsado por tecnologías como inteligencia artificial, sensores inteligentes, monitoreo remoto y dispositivos conectados mediante Internet de las Cosas.

Chile posee condiciones relevantes para participar en este escenario: capacidad científica, desarrollo universitario, talento en ingeniería y una de las infraestructuras digitales más avanzadas de Latinoamérica. Sin embargo, durante años el país formó profesionales especializados sin generar las condiciones suficientes para que muchos de ellos pudieran desarrollarse plenamente en investigación, regulación, validación clínica o transferencia tecnológica. La modernización regulatoria también debe entenderse como una oportunidad para incorporar activamente a ingenieros biomédicos y especialistas del área en la toma de decisiones, evaluación tecnológica y construcción de políticas públicas en salud.

En este contexto, el trabajo desarrollado desde universidades y organizaciones como la Red Chilena de Ingeniería Biomédica demuestra que Chile cuenta con capacidades técnicas y capital humano para transformarse en un referente regional en dispositivos médicos. Pero si realmente queremos avanzar hacia ese liderazgo, no basta con actualizar normativas: también debemos confiar en los profesionales que llevan años desarrollando esta área en el país.

La innovación biomédica requiere una visión interdisciplinaria donde ingeniería, salud, regulación e industria trabajen de manera coordinada. Chile tiene hoy una oportunidad histórica de dejar de ser solamente usuario de tecnología importada y comenzar a posicionarse como desarrollador de soluciones médicas para Latinoamérica. El desafío es no volver a llegar tarde.

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