La vitamina D tiene un papel fundamental en el metabolismo óseo ya que, a través de la acción conjunta con otra hormona, permite regular las concentraciones plasmáticas de calcio; por ende, su deficiencia se asocia a consecuencias importantes para la salud ósea. Cabe destacar que su función también se ha relacionado fuertemente con la mantención del sistema inmune.
En nuestro organismo, la vitamina D obtenida de fuentes externas es convertida a su forma activa (calcitriol), la que actúa directamente sobre las células inmunes, mejorando la capacidad del organismo para defenderse frente a virus y bacterias. Asimismo, regula la inmunidad adaptativa, otorgando al cuerpo el poder controlar la inflamación inducida por el estrés.
Diversos estudios han evidenciado que niveles séricos bajos de Vitamina D se asocian a mayor riesgo de infecciones respiratorias, enfermedades inflamatorias y crónicas, resaltando con esto la importancia de velar por concentraciones sanguíneas adecuadas.
Investigaciones poblacionales en nuestro país muestran la concentración de este nutriente, destacando que solo el 13% de las personas alcanza rangos adecuados. En mujeres menores de 50 años, se estimó que un 16% presenta una deficiencia severa, mientras que en personas mayores esta proporción aumenta a un 21,5%. De manera complementaria, en niños entre 4 y 14 años, más de tres cuartas partes registran valores disminuidos, lo que refleja un escenario preocupante.
Es fundamental conocer los niveles sanguíneos de esta vitamina e incorporarlos dentro de los exámenes de rutina. Considerando que su síntesis depende principalmente de la exposición solar, se ha impulsado la fortificación de ciertos alimentos de consumo masivo, conocidos como “vehículos universales”. Entre ellos destacan las leches, harinas y bebidas de origen vegetal. No obstante, no todas las marcas comerciales la incluyen, por lo que es importante revisar el etiquetado y verificar que se declare la fortificación con vitamina D3 en sus ingredientes.