Las cifras de natalidad en Chile han encendido las alarmas. Año tras año nacen menos niños y niñas, y las proyecciones muestran una sociedad cada vez más envejecida.
El debate público insiste en reducir este fenómeno a una sola variable: la económica, argumentando que las personas no tienen hijos porque los recursos no alcanzan, porque criar es caro o porque existe incertidumbre financiera. Aunque estas razones son indudablemente relevantes, la realidad parece ser mucho más profunda y compleja.
La decisión de formar una familia no responde únicamente a una ecuación de ingresos y gastos. Tener hijos no requiere solamente contar con recursos económicos para alimentarlos o vestirlos; implica disponer de tiempo para acompañarlos, jugar con ellos y construir vínculos afectivos. Cuando el trabajo absorbe la mayor parte de la energía física y emocional, la maternidad y la paternidad se perciben como una responsabilidad difícil de compatibilizar con la vida cotidiana.
Por otra parte, la dificultad para acceder a la vivienda también incide en los números a la baja. Los elevados precios de las propiedades y las crecientes dificultades para acceder a créditos hipotecarios obligan a muchas parejas a postergar la maternidad y paternidad, porque la vivienda dejó de ser únicamente un bien material y se ha convertido en una condición básica para imaginar una vida familiar estable.
Las ciudades tampoco parecen estar pensadas para la infancia. La escasez de áreas verdes, la inseguridad en el espacio público, la contaminación y la falta de infraestructura comunitaria limitan las oportunidades de recreación y desarrollo para niños y niñas. Cuando los barrios dejan de ser espacios para convivir y cuidar, la crianza se vuelve más difícil y las comunidades más frágiles. Quizás por eso cada vez más personas sienten que están criando en entornos hostiles e individualistas.
Existe además una dimensión menos visible, pero igualmente importante: el agotamiento emocional de la sociedad. Vivimos en una época marcada por altos niveles de estrés, exigencias permanentes y sensación de incertidumbre. Las nuevas generaciones enfrentan presiones laborales y sociales que muchas veces dificultan la construcción de proyectos de largo plazo. Cuando esto ocurre es comprensible que se opte por postergar o incluso renunciar a la maternidad y la paternidad.
La baja natalidad revela cómo una parte importante de la sociedad percibe sus condiciones de vida y sus expectativas de futuro. Cuando las personas sienten que no podrán ofrecer a sus hijos e hijas una vida mejor que la propia, se instala con fuerza la intención de no tenerlos. Y es acá donde vale preguntarse ¿qué condiciones estamos ofreciendo como sociedad para que las personas quieran imaginar un futuro sin hijos e hijas?
La baja natalidad es el reflejo de algo más profundo que un tema de recursos. Se vincula también con la falta de certezas que se requieren para pensar, proyectar y consolidar una buena vida individual y familiar.