Cada día compartimos el espacio urbano con personas que no tienen hogar y que su realidad suele pasar inadvertida. La situación de calle ha aumentado, son miles en nuestra región y en el país, y es la expresión más extrema de la pobreza. La falta de vivienda, el consumo problemático, problemas familiares y factores económicos son algunos de los motivos que contribuyen a esta compleja realidad.
Cada invierno, la crudeza del frío revela una verdad incómoda: nuestras ciudades no están preparadas para acoger a quienes no tienen un hogar. Este año está pronosticado un invierno especialmente frío y lluvioso, pero más allá del clima, lo que realmente hiela es la falta de espacios dignos, suficientes y permanentes para las personas en situación de calle
Hoy compartimos veredas, plazas, bordes costeros, terminales y muchos lugares con quienes han sido desplazados por la pobreza, la violencia y la exclusión. Sin embargo, su presencia sigue siendo ignorada o tratada como un problema de orden público, y no como lo que realmente es: una emergencia humanitaria sostenida en el tiempo. Aunque el Programa Código Azul es una respuesta valiosa ante situaciones climáticas extremas, es temporal y se aplica sólo en algunas comunas de la región.
No pasemos de largo, no porque sea invierno, sino porque nadie debería vivir ni morir en la intemperie.