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Liderar en tiempos de ira: por qué la escuela no puede reemplazar al hogar. Por Felipe Mera Maldonado, docente ULagos de Ingeniería en Informática para técnicos

Cada temporada es una oportunidad para renovar los espacios donde vivimos. Pensando en ello, las tiendas Ohzar presentan su nueva colección 2026, una propuesta que combina diseño, funcionalidad y las últimas tendencias en decoración para ayudar a transformar cualquier ambiente del hogar en un lugar más cálido, armónico y acogedor.

En las aulas universitarias vespertinas cuando abordamos el concepto de liderazgo el escenario ideal siempre parece alcanzable. Allí se debate sobre visión estratégica, innovación y la transformación de los equipos. Sin embargo, al asumir la gestión diaria en cualquier establecimiento escolar actual, sea aquí en Castro o en el resto del país, esos grandes marcos teóricos chocan de frente con la urgencia del día a día. El liderazgo, en la práctica real de nuestras escuelas, rara vez se trata hoy de diseñar la educación del mañana; gran parte de nuestra jornada se escurre, irremediablemente, en apagar los incendios emocionales del presente y en sostener a una comunidad que llega al colegio buscando respuestas que hace mucho excedieron lo académico.

Esa urgencia tiene un rostro muy claro. Hoy las oficinas de atención y los pasillos de nuestros establecimientos operan, muchas veces, como verdaderas salas de emergencia. En lugar de invertir nuestro tiempo en acompañar el desarrollo profesional docente o en potenciar nuevas metodologías en el aula, los equipos somos absorbidos por la contención de familias que proyectan sus propias crisis sobre el colegio. Nos enfrentamos a diario con adultos desbordados que llegan desde la exigencia, la desconfianza o la frustración, demandando resoluciones inmediatas a problemas que, en rigor, nacen fuera de nuestros muros. Y esto no es un simple lamento de pasillo; es una fractura sistémica. Los registros de la Superintendencia de Educación son lapidarios al mostrar cómo se han disparado las denuncias por maltrato hacia profesores y directivos por parte de los mismos apoderados. Las escuelas se han convertido en el pararrayos del estrés social, intentando sostener a pulso un clima escolar que se agrieta bajo el peso de estas tensiones.

¿Cómo llegamos a este punto? La respuesta, en gran medida, pasa por una silenciosa pero profunda ‘clientelización’ de la cultura escolar. Históricamente, la familia y el colegio sostenían una alianza basada en la confianza y el respeto por los roles de cada uno. Hoy, esa dinámica se ha vuelto puramente transaccional. Gran parte de los apoderados se acercan a los establecimientos ya no como co-educadores, sino desde la vereda del consumidor, exigen un servicio a la medida de sus expectativas individuales, demandan inmediatez a través de correos o mensajería vía plataformas digitales, y cuestionan cada decisión pedagógica como si reclamaran por un producto defectuoso. Bajo la trampa comercial de que ‘el cliente siempre tiene la razón’, se desdibuja un principio educativo intransable, la formación de un estudiante no es un bien de consumo, sino un proceso humano, lento y complejo, que requiere límites y una colaboración mutua que hoy parece quebrantada.

El costo más doloroso de esta dinámica recae, de forma invisible, sobre los hombros de nuestros docentes. Quienes gestionamos el clima escolar lo vemos a diario, el factor que hoy más enferma y estresa en las salas de profesores ya no es la carga de corregir evaluaciones ni el esfuerzo por diseñar metodologías activas para el aula; es el profundo agotamiento emocional que implica contener a los adultos. Imaginen el peso psicológico de un profesor que, tras ser interpelado agresivamente en un correo a primera hora o después de intentar mediar en un conflicto originado en un grupo de WhatsApp, debe tragar saliva, abrir la puerta de su sala y tener la energía intacta para inspirar a treinta y cinco estudiantes (o más dependiendo del contexto). Ese es el desgaste silencioso que está agrietando nuestra profesión. Les estamos exigiendo a nuestros equipos que actúen como escudos protectores de las fracturas del hogar, una sobrecarga que boicotea cualquier intento por sostener un ambiente laboral sano.

Frente a este escenario, es necesario trazar una línea y recuperar nuestro propósito. Por más vocación y empatía que nos mueva, la escuela no puede, ni debe, convertirse en el sucedáneo del hogar. En nuestro genuino afán por acompañar a los estudiantes, los colegios han ido absorbiendo responsabilidades que exceden con creces nuestra naturaleza, hoy se nos exige actuar como terapeutas, trabajadores sociales y mediadores de conflictos domésticos. Pero si la escuela intenta asumir por completo la crianza, la contención y los límites que no se ejercen en las casas, el sistema entero colapsa. Parte fundamental del liderazgo educativo actual radica en tener la valentía para establecer fronteras claras, recordando a nuestra comunidad que somos una red de apoyo pedagógico, pero jamás el reemplazo de una familia. No podemos seguir parchando las ausencias y fracturas parentales a costa de la salud mental de nuestros docentes.

En definitiva, el desafío que enseño en las aulas vespertinas y que enfrento cada mañana desde el Colegio es el mismo, necesitamos reescribir el trato. Es urgente transitar desde la cultura de la queja y el consumismo escolar hacia una de verdadera alianza y corresponsabilidad. Las comunidades educativas necesitan familias que vuelvan a confiar en sus profesores, comprendiendo que estamos en la misma trinchera y que el desarrollo integral de sus hijos no es un servicio que se audita, sino un propósito compartido. Solo cuando reconstruyamos ese puente de respeto, nuestros equipos docentes dejarán de ser muros de contención emocional y podrán volver a hacer lo que mejor saben hacer: enseñar, inspirar y transformar. Liderar hoy, más que nunca, es proteger el corazón de las comunidades educativas para que la pedagogía vuelva a ser posible.

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