Cada vez que la tierra tiembla, la atención pública suele centrarse en la familia, el hogar o los daños estructurales. Sin embargo, hay un aspecto que habitualmente queda en segundo plano: millones de personas pasan gran parte del día en sus lugares de trabajo, donde un terremoto puede transformar en segundos una jornada habitual en una situación de emergencia.
La preparación frente a un sismo debe entenderse desde una mirada integral, que abarque tanto la planificación anticipada de las organizaciones como las decisiones cotidianas de cada persona. No se trata solo de reaccionar cuando la emergencia ocurre, sino de anticiparse, revisar el entorno, identificar peligros y adoptar medidas que reduzcan la probabilidad de daño.
La normativa sísmica vigente ha permitido que muchas edificaciones resistan adecuadamente los movimientos telúricos, disminuyendo el riesgo de colapso estructural. Sin embargo, buena parte del peligro se encuentra dentro de los propios recintos. Estanterías, equipos, luminarias, vidrios o mobiliario sin fijación adecuada pueden transformarse en una amenaza. A ello se suman evacuaciones desordenadas, aglomeraciones y reacciones impulsivas provocadas por el miedo.
Un terremoto también puede desencadenar incendios por fallas eléctricas, fugas de gas, derrames de sustancias peligrosas o interrupciones de procesos industriales. En zonas costeras, además, debe contemplarse la amenaza de tsunami y el desplazamiento oportuno hacia las áreas de seguridad establecidas.
Por eso, prepararse no significa únicamente conocer una ruta de evacuación. El artículo 184 del Código del Trabajo obliga al empleador a adoptar todas las medidas necesarias para proteger eficazmente la vida y la salud de las personas trabajadoras, mientras que el Decreto Supremo N° 44 refuerza la gestión preventiva de los riesgos y la preparación frente a emergencias. En la práctica, esto implica identificar previamente las amenazas, asegurar los elementos susceptibles de caer, mantener despejadas y señalizadas las vías de evacuación, capacitar a los equipos y realizar simulacros que permitan saber cómo actuar antes de que ocurra una emergencia real.
Cada actividad laboral enfrenta desafíos distintos y no existe una única respuesta. En el sector sanitario, por ejemplo, no siempre será posible evacuar inmediatamente. Personas hospitalizadas, usuarios conectados a soporte vital o una cirugía en desarrollo requieren procedimientos que resguarden tanto a los equipos clínicos como a quienes reciben atención, sin comprometer la continuidad asistencial.
En educación, docentes, educadoras y asistentes deben protegerse mientras conducen la evacuación de niños, niñas y adolescentes, verifican la asistencia y comprueban que todo el grupo llegue a la zona de seguridad. En minería, construcción e industria, la prioridad puede estar en detener procesos, asegurar maquinaria y evitar emergencias secundarias. En oficinas y comercios, en cambio, muchos de los riesgos están asociados a elementos no estructurales capaces de caer o desplazarse. Cada organización debe preparar su respuesta de acuerdo con las características reales de su actividad y de las personas que trabajan en ella.
Desde la medicina del trabajo, además, el impacto de un terremoto va mucho más allá de las lesiones traumáticas. La descarga de estrés puede descompensar enfermedades cardiovasculares, hipertensión, diabetes o epilepsia, y también desencadenar crisis de ansiedad o reacciones agudas que disminuyen la capacidad de responder adecuadamente. Por ello, los planes de emergencia deben considerar especialmente a personas mayores, embarazadas, con enfermedades crónicas, discapacidad o movilidad reducida, así como a quienes trabajan en turnos nocturnos, en terreno o en lugares aislados.
La preparación también supone saber quién podría necesitar ayuda para evacuar y contar con equipos capacitados en primeros auxilios, reanimación cardiopulmonar, uso de desfibriladores, control inicial de hemorragias y primeros auxilios psicológicos. Estas competencias pueden marcar una diferencia decisiva durante los primeros minutos de una emergencia, cuando la ayuda especializada puede tardar en llegar.
También es fundamental garantizar, cuando corresponda, la continuidad de tratamientos indispensables, el acceso a medicamentos críticos y el apoyo a quienes dependen de dispositivos médicos. Una persona que necesita un fármaco de uso permanente, asistencia para desplazarse o algún equipo médico no deja de tener esa necesidad porque esté ocurriendo una emergencia.
La misma lógica debe trasladarse al hogar. Tener un plan familiar conocido por todos, definir previamente un punto de encuentro, mantener una mochila de emergencia con agua, linterna, radio y medicamentos para varios días, conservar copias de recetas y documentos importantes y asegurar muebles altos u objetos pesados son acciones simples que disminuyen riesgos. En zonas costeras, conocer de antemano las rutas de evacuación por tsunami y seguir las indicaciones de SENAPRED resulta igualmente esencial.
Más allá de la infraestructura, la medicina del trabajo pone el foco en las personas. Después de un terremoto, no todas estarán en condiciones de retomar sus funciones inmediatamente. Algunas habrán sufrido lesiones, otras pueden presentar descompensaciones de enfermedades crónicas o manifestaciones de estrés agudo, mientras que quienes participaron en rescates o brindaron ayuda a terceros pueden experimentar un importante desgaste físico y emocional.
Los efectos incluso pueden aparecer en los días o semanas posteriores. Ansiedad, alteraciones del sueño, temor a regresar al lugar de trabajo, dificultades para concentrarse o agotamiento son manifestaciones que requieren observación, contención inicial y, cuando corresponda, una derivación oportuna al organismo administrador de la Ley N° 16.744 o a atención especializada.
Del mismo modo, el retorno a las actividades no debería depender únicamente de que el edificio siga en pie. Es necesario evaluar las condiciones del recinto, los procesos que se desarrollan en él y también el estado físico y emocional de quienes deben volver a trabajar. Ante un riesgo grave e inminente, además, las personas trabajadoras cuentan con el derecho a interrumpir sus labores, y las lesiones ocurridas durante una emergencia en el contexto laboral deben ser notificadas y atendidas conforme a la normativa de seguridad y salud en el trabajo.
Prepararse frente a un terremoto, entonces, no consiste únicamente en saber hacia dónde evacuar. Significa anticipar cómo una emergencia puede afectar la salud física y mental, reconocer quiénes requerirán mayor apoyo, asegurar la continuidad de los cuidados y generar las condiciones necesarias para un retorno laboral seguro.
Esa es también la contribución de la medicina del trabajo: recordar que la emergencia no termina cuando deja de temblar. Termina cuando las personas pueden recuperar su actividad en un entorno que nuevamente sea seguro, organizado y capaz de proteger su salud.