Los académicos de la Facultad de Psicología UDD, Pablo Vergara y Daniela Aldoney, explican que, el convertirse en padre implica un descenso en los niveles de testosterona y aumento de otras hormonas, que acercan a los hombres a la “figura del cuidador” y favorecen el vínculo emocional con sus hijos.
Este domingo se celebra el Día del Padre, una fecha que, desde hace algunos años, ha contribuido a visibilizar la importancia de los hombres en la crianza y el desarrollo de los hijos. Pero mientras la atención ha estado puesta en los beneficios que tiene la paternidad presente en los niños y niñas, la ciencia ha comenzado a explorar otra cara del fenómeno: las profundas transformaciones que experimentan los hombres al convertirse en padres que, lejos de tratarse solo de un cambio de rol, los induce a una reconfiguración de su identidad, comportamiento e incluso su biología.
Así lo explica Pablo Vergara, investigador del Instituto de Bienestar Socioemocional de la Facultad de Psicología de la Universidad del Desarrollo (UDD), quien sostiene que “la paternidad no es solo un hito social, sino también un evento bioconductual mayor. En lo psicológico, activa lo que llamamos el sistema de cuidado, que es un conjunto de motivaciones orientadas a la protección y supervivencia de la cría”. Con esto, a nivel neurológico, el cerebro del padre experimenta una plasticidad que remodela dos áreas: por un lado, la parte emocional, en la que zonas -como la amígdala- aumentan su volumen y conectividad, agudizando la vigilancia del padre ante posibles amenazas al bebé. Y, por el otro, la red de mentalización, donde se fortalecen las conexiones en estructuras clave para «leer» la mente del bebé, anticipar sus necesidades y descodificar sus llantos.
A nivel endocrino, los hombres que se convierten en padres experimentan variaciones hormonales paralelas a las de las madres, que los preparan para la empatía y disminuyen las conductas de competencia o agresión. En específico, las hormonas que elevan sus niveles basales son la oxitocina –conocida como la hormona del amor- y prolactina, que promueven el placer por el contacto físico, el aumento de la respuesta ante el llanto del bebé y facilitan la conexión afectiva con el hijo. La testosterona, por su parte, tiene una baja significativa, de hasta 40%, que canaliza la energía del hombre hacia conductas de calma y protección.
Ahora bien, Daniela Aldoney, directora del Laboratorio de Familia e Infancia de la Facultad de Psicología UDD, sostiene que estas transformaciones que tendrán los nuevos padres dependerán de cuán involucrado estén desde el embarazo y, posteriormente, crianza de los hijos. Así, la biología del padre es “experiencia-dependiente” y los factores críticos para su evolución a la paternidad, además de la implicancia en la gestación, son el contacto con la piel y proximidad con el hijo y la disposición de la madre para abrir el espacio relacional e incorporar al padre.
Padres e hijos de influyen mutuamente
La relación entre padres e hijos “presenta una bidireccionalidad fascinante que en psicología llamamos ‘sincronía bioconductual’, y es que, durante las interacciones lúdicas, se produce una co-regulación fisiológica: los ritmos cardíacos del padre y del bebé se sintonizan y sus cerebros muestran patrones de activación neuronal espejo”, añade Vergara. Asimismo, cuando un padre responde adecuadamente al balbuceo de su hijo, el cerebro del bebé libera dopamina, reforzando sus intentos comunicativos, y, a su vez, su sonrisa activa los centros de placer en su papá, asegurando que quiera repetir la interacción. Formándose, así, un bucle de retroalimentación positiva.
Ahora bien, en el caso contrario, la falta de cercanía del padre, tanto en el embarazo como en la crianza, tiene consecuencias negativas en los adultos y los niños. “El hombre que queda al margen de la paternidad se priva de los beneficios de la plasticidad cerebral y el bienestar neurobiológico que otorga el criar. Presenta un mayor riesgo de desconexión emocional, sintomatología depresiva oculta, que suele manifestarse como irritabilidad o conductas de evitación, y una vivencia de la masculinidad más rígida y menos gratificante”, argumenta el investigador UDD.
En tanto, la ausencia o marginalidad del padre se asocia con una mayor vulnerabilidad a largo plazo en los hijos, quienes tienen mayor probabilidad de presentar dificultades en la regulación de impulsos, problemas de conducta en la adolescencia, disminución de estrategias de afrontamiento al estrés social, mayores niveles de ansiedad, menor rendimiento escolar y problemas de autoestima. Y, en las madres, el nivel de involucración del papá, cuando es positivo, puede actuar como un protector indirecto contra la depresión posparto.
“Ser un padre involucrado conlleva demandas, pero también satisfacciones y son muchos los que reportan que la relación con sus hijos es una fuente de alegría. Por eso se debe poner énfasis en el involucramiento prenatal, en el que los hombres participen de los controles médicos, ayuden a organizar las cosas para el bebé y comiencen a desarrollar las representaciones paternas, que es el proceso en el que comienzan a pensar en cómo serán como padres, por ejemplo, imaginando qué actividades harán con su hijo. Esto los ayuda a prepararse para su nuevo rol y sienta las bases del vínculo afectivo y las conductas de cuidado posteriores (…) Mientras antes se promueva una participación activa de los padres en el cuidado, más probabilidades hay de que esta se mantenga en el tiempo”, concluye Aldoney.