Más allá de estadios repletos, celebraciones y millones de personas unidas por una misma pasión, el Mundial 2026 nos está mostrando algo mucho más interesante: los grandes eventos deportivos se están convirtiendo en verdaderos laboratorios tecnológicos a escala global. La presencia de robots, sistemas inteligentes y soluciones avanzadas de movilidad nos recuerda que la tecnología es una protagonista silenciosa de nuestra vida cotidiana.
Personalmente, me parece positivo que se abra el debate en torno a la incorporación de robots en espacios públicos. Por ejemplo, la noticia sobre perros robots vigilando algunas instalaciones del torneo puede parecer llamativa o incluso sacada de una película de ciencia ficción, pero refleja una realidad que ya está ocurriendo. Organizar un evento que involucra tres países, 16 ciudades y millones de visitantes obliga a buscar nuevas herramientas para aumentar la seguridad, optimizar recursos y responder rápidamente ante situaciones complejas. La pregunta ya no es si debemos usar estas tecnologías, sino cómo hacerlo de manera responsable.
También creo que es importante derribar un mito que suele acompañar a la robótica y es la idea de que los robots vienen a reemplazar a las personas. En realidad, el concepto que está ganando fuerza es el de la colaboración humano-robot. Estas tecnologías están siendo diseñadas para complementar nuestras capacidades, encargándose de tareas repetitivas, peligrosas o que requieren un monitoreo constante, mientras las personas aportan criterio, creatividad y capacidad de decisión. Más que competir con las máquinas, estamos aprendiendo a trabajar junto a ellas.
Lo interesante es que este fenómeno no es exclusivo de las grandes potencias tecnológicas. Desde Chile también estamos avanzando en esta dirección y, a mi juicio, las universidades tienen un rol fundamental en este proceso. Por ejemplo, en la carrera de Ingeniería en Automatización y Robótica, de la Universidad Andrés Bello, ya estamos incorporando experiencias prácticas relacionadas con visión artificial, Internet de las Cosas (IoT), inteligencia artificial y sistemas ciberfísicos, precisamente porque entendemos que estas herramientas son habilitantes para sistemas robóticos y formarán parte esencial del lenguaje profesional de las próximas generaciones.
Más allá de la anécdota de ver un robot recorriendo un estadio, el Mundial nos muestra que la robótica dejó de pertenecer exclusivamente a laboratorios y fábricas para integrarse al deporte, la salud, la agricultura, la minería y prácticamente cualquier actividad humana. Tal como en WALL-E, donde un pequeño robot nos recuerda la importancia de cuidar nuestro entorno y reflexionar sobre nuestra dependencia tecnológica, el verdadero desafío no es construir máquinas más y más inteligentes solo por el hecho de podemos hacerlo, sino utilizarlas para mejorar nuestra calidad de vida.
Quizás, dentro de algunos años, ya no nos sorprenderá ver robots apoyando la organización de un Mundial, del mismo modo en que hoy damos por normal la existencia del VAR. Y eso, en mi opinión, es una señal clara de que el verdadero partido que se está jugando no ocurre solo dentro de la cancha, sino en cómo la sociedad aprenderá a convivir, colaborar y crecer junto a las tecnologías que ella misma está creando.