En enero de 2020, semanas antes de que el mundo se replegara sobre sí mismo tras muros de incertidumbre y mascarillas, advertí desde estas mismas páginas sobre un mal silencioso: la cultura del ego. El Mercurio de Antofagasta fue la primera ventana abierta.
Señalaba entonces que el individualismo exacerbado, ese ensimismamiento que restringe los límites de la existencia al propio ombligo, nos estaba pasando una cuenta invisible pero devastadora. Siete años después, instalados en el corazón de 2026, la velocidad del sistema no ha hecho más que pisar el acelerador. Vivimos en una vorágine líquida, un régimen de 24/7 donde el comercio no duerme, los teléfonos no se apagan y las personas corren el riesgo de ser degradadas a un frío concepto corporativo: simples “recursos humanos”.
¡Qué brutal contrasentido! Ser un humano, con toda nuestra carga de misterio, poesía y fragilidad, y terminar reducidos a una columna de rendimiento en una hoja de cálculo. El sistema actual está diseñado para el espejo. Nos empuja a una introspección obsesiva y narcisista, mediada por pantallas y algoritmos que solo nos devuelven el reflejo de nuestros propios sesgos. Nos convierte en un colectivo de individualidades aisladas. Frente a este asedio, la pregunta que formulé en los albores de la pandemia sigue latiendo con urgencia indómita:
¿qué hacer?
La solución no vendrá de los viejos dogmas políticos del siglo pasado, que siempre nos trataron como engranajes estatales o como meros clientes del mercado. La solución pasa por un cambio de paradigma drástico y radical: el humanismo real. Necesitamos transitar urgentemente de la geopolítica de la explotación a una “gestión geohumana”; una planificación del territorio y de la vida donde la familia, la escuela y el trabajo comunitario se alineen con un solo propósito: hacer que la vida florezca.
Es una tarea titánica. Lo reconozco. Implicará el esfuerzo sostenido de, al menos, dos generaciones, así lo estimo. La primera tendrá el noble y doloroso deber de resistir y sembrar; la segunda, libre ya del chip de la competencia feroz, cosechará la normalidad de la cooperación. Y el kilómetro cero de esta revolución silenciosa es el hogar. Es en el útero familiar donde debe anidar el nuevo chip.
No se requiere de grandes presupuestos ni de matrículas académicas. El cambio comienza modificando la ingeniería de nuestro lenguaje cotidiano en la mesa del comedor. Consiste en desterrar la clásica pregunta de rendimiento corporativo: “¿Cómo te fue?”, y reemplazarla por la pregunta de la dignidad humana: “¿Cómo estás?”.
Científicos como Marco Iacoboni han demostrado que nuestras neuronas espejo nos obligan a la empatía; estamos biológicamente cableados para resonar con el dolor y la alegría del prójimo. No somos seres solitarios; somos, por diseño, seres solidarios. El futuro no es mañana; el futuro es hoy, y se disputa en la decisión diaria de optimizar nuestro escaso tiempo para prodigarnos afecto y nutrición emocional.
Dejemos de mirarnos al espejo de la productividad vacía. Es hora de abrir de par en par la ventana, contemplar la pluralidad de la vida y comenzar a construir, de una vez por todas, una verdadera cultura de la nostridad.
¡Inscribámonos hoy! ¡Amen! ¡Amen, por Dios!
P.S.: He tenido a la vista, y en mi memoria, las siguientes columnas de opinión: “La cultura del ego”, “’Ellos’ más ‘ellos’ no suma nosotros”, “No más pobreza. Sí, más humanidad”, “Con la pobreza no se chacotea”, “De ser solitario a ser solidario”, “Así, sí”, “Puentes, no muros”, “Esperanzados”, “La cultura de la nostridad”, “Todos contamos”, “Ocupémonos del bien, no tanto de los bienes”, “Huellas, no cicatrices”, “El futuro es hoy”, “Ni atrás ni fuera”, “Fraternidad, solidaridad y empatía”, “Hablemos de la vida, mejor”, “Del bien estar al bien ser”, “Optemos por la humanidad”, “Más guord, menos eksel”, “La vida ha de ganar”, “El espejo y la ventana”, “¡Amen!”, “De la projimidad a la nostridad”, “Algoritmos con ética”, “Globalización”, “Ser, es ser”, “El otro no es un enemigo”, “Antes humanidad, luego pragmatismo”, “El humanismo no es de aquí ni de allá”, “Geopolítica y geohumanidad”, “¿Entrampados?”, entre otras.
Todas ellas, y otras, han hablado esta vez.