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Cuando el miedo al delito cambia nuestros hábitos y forma de vivir. Por Natalia Torres Carreño, académica de Psicología UNAB.

Con una trayectoria cercana a los cien años formando profesionales, la PUCV pone a disposición de los estudiantes espacios presenciales y digitales para resolver dudas sobre carreras, puntajes y vida universitaria.

La inseguridad no se mide sólo en términos de delitos, sino que también incorpora variables afectivas y cognitivas que se expresan en decisiones cotidianas y formas de relacionarnos con el entorno. En este sentido, la percepción de inseguridad corresponde a un entramado de representaciones, emociones y acciones que se ponen en juego al interpretar nuestras experiencias, ya sea reales o proyectadas, respecto de la delincuencia.

Esto explica por qué muchas veces existe una brecha importante entre las cifras reales de victimización y la sensación de inseguridad. En Chile, distintos estudios muestran que la percepción de aumento de la delincuencia y del temor suele ser significativamente mayor que la experiencia directa de victimización. Una encuesta reciente de la Universidad San Sebastián evidenció que, aunque la percepción de que la delincuencia había aumentado descendió desde un 80,4% en 2025 a un 50,6% en 2026, más de la mitad de las personas seguía manifestando altos niveles de miedo frente al delito. Del mismo modo, un 78% de los encuestados declaró haber cambiado sus hábitos cotidianos por motivos de seguridad, principalmente evitando salir de noche o modificando horarios y rutinas. Estos datos muestran que el miedo al delito no depende únicamente de la experiencia directa, sino también de factores sociales, políticos y culturales. La exposición constante a noticias violentas, la circulación de información falsa en redes sociales, los discursos públicos centrados en el temor y la desconfianza hacia las instituciones contribuyen a amplificar esta sensación de amenaza permanente.

Aún más, la percepción de inseguridad no sólo tendrá impacto en nuestra cotidianeidad, sino que también puede afectar nuestra salud mental, a partir del aumento de ansiedad, hipervigilancia y estrés (que puede llevar a la aparición de estrés crónico). A su vez, si no se aborda oportunamente, esto puede traducirse en aislamiento, deterioro de la confianza interpersonal y menor cohesión comunitaria, llevando incluso a conductas destructivas como consumo de sustancias o violencia.

La inseguridad percibida también impacta el tejido social y político. Cuando las comunidades sienten que las instituciones no son capaces de responder, aumenta la desconfianza hacia policías, municipios y autoridades. En algunos casos, esto favorece la aparición de “soluciones” impulsadas desde el temor: justicia por mano propia, vigilancia informal agresiva o dinámicas comunitarias basadas en la sospecha y la exclusión. Paradójicamente, estas respuestas pueden aumentar la violencia y deteriorar aún más la convivencia.

Es por ello que resulta indispensable que el abordaje de la inseguridad incluya acciones integrales y no sólo enfocadas en medidas de control. Transparentar cifras reales de victimización, comunicar datos de manera clara y responsable, y combatir la desinformación son pasos fundamentales para disminuir la distancia entre percepción y realidad. Del mismo modo, fortalecer el trabajo local entre municipios, organizaciones vecinales y comunidades puede mejorar no sólo las condiciones objetivas de seguridad, sino también la confianza, el apoyo social y el sentido de pertenencia.

La seguridad no se construye únicamente reduciendo delitos. También se construye recuperando la confianza colectiva y evitando que el miedo termine organizando nuestra vida social.

 

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