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El déficit silencioso que podría estar afectando a miles de trabajadores en invierno. Por Dra. Astrid Stotz Rudolff, médico miembro de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo (SOCHMET)

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Cuando pensamos en los efectos del invierno sobre la salud de los trabajadores, solemos atribuir el cansancio, el desánimo o los dolores musculares a las bajas temperaturas. Sin embargo, existe un factor menos evidente que comienza a despertar creciente interés científico: el déficit de vitamina D.

Conocida principalmente por su rol en la salud ósea, la vitamina D participa en múltiples funciones del organismo, incluyendo el sistema muscular, inmunológico y posiblemente algunos procesos relacionados con el bienestar emocional. Aunque el problema suele asociarse a países con escasa luminosidad, la evidencia muestra que también podría ser relevante en Chile.

Diversos estudios internacionales han identificado una alta prevalencia de déficit de vitamina D en personas que trabajan en espacios cerrados. Oficinas, hospitales, laboratorios, industrias, bodegas y salas de control son algunos de los lugares donde miles de trabajadores pasan la mayor parte de su jornada alejados de la luz solar, principal fuente para la síntesis natural de esta vitamina.

En nuestro país, si bien aún faltan investigaciones específicas en población trabajadora, la evidencia nacional disponible muestra que existen grupos con baja proporción de niveles óptimos de vitamina D, especialmente mujeres en edad fértil y personas mayores. Esta realidad hace razonable prestar mayor atención al tema desde la salud ocupacional, particularmente durante los meses de invierno.

Los cambios en la organización del trabajo también podrían estar influyendo. El teletrabajo, las extensas jornadas en interiores y, especialmente, los sistemas de turnos nocturnos reducen significativamente la exposición solar efectiva. De hecho, la evidencia científica es particularmente consistente respecto de los trabajadores nocturnos, quienes presentan niveles más bajos de vitamina D en comparación con quienes trabajan de día.

Uno de los principales desafíos es que los síntomas asociados al déficit suelen ser inespecíficos. Fatiga persistente, dolores musculares generalizados, sensación de debilidad o bajo estado de ánimo pueden atribuirse a situaciones propias de la fecha. Sin embargo, normalizar estas molestias puede retrasar la identificación de condiciones médicas subyacentes.

Es importante subrayar que no toda fatiga o dolor muscular se explica por un déficit de vitamina D. Estos síntomas tienen múltiples causas y requieren una evaluación clínica integral. No obstante, la vitamina D puede constituir un factor contribuyente, especialmente cuando existe un déficit severo o factores de riesgo asociados.

En los últimos años también ha aumentado el interés por la relación entre vitamina D y salud mental. Diversas revisiones científicas sugieren que las personas con niveles bajos podrían presentar una mayor probabilidad de desarrollar síntomas depresivos. Aunque aún no puede afirmarse una relación causal directa, sí existe una asociación clínicamente relevante que invita a considerar este factor dentro de una mirada integral del bienestar laboral.

¿Estamos entonces frente a un nuevo problema de productividad? La respuesta, por ahora, es no. La evidencia disponible aún no permite afirmar que corregir el déficit de vitamina D reduzca el ausentismo o mejore directamente el desempeño laboral. Sin embargo, sí puede considerarse un factor potencialmente modificable que influye en el bienestar de determinados grupos de trabajadores.

Desde una perspectiva preventiva, el desafío consiste en evitar tanto la subestimación como la sobremedicalización. No se recomienda realizar exámenes masivos a toda la población trabajadora, pero sí promover estrategias de educación, fomentar hábitos saludables, favorecer pausas al aire libre cuando sea posible y orientar la evaluación médica en personas con síntomas persistentes o factores de riesgo.

Desde la salud ocupacional, el déficit de vitamina D se entiende como una condición de salud susceptible de ser gestionada, que, aun siendo silenciosa, refuerza la necesidad de avanzar en estrategias organizacionales de prevención y promoción del bienestar integral de las personas.

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