Hace años que Chile viene hablando de natalidad. Nos preocupa que nazcan menos niños, discutimos incentivos, conciliación, vivienda, costos de crianza y condiciones para formar familia. Es un debate necesario que no es exclusivamente chileno. La baja natalidad es una tendencia mundial, asociada a cambios económicos, culturales, laborales y familiares que ningún país ha logrado resolver con una sola política.
Pero esa preocupación por una tendencia demográfica no es exactamente lo mismo que una preocupación por la infancia. Una cosa es preguntarse qué ocurre con un país cuando nacen menos niños. Otra, más concreta y urgente, es preguntarse en qué condiciones viven y crecen los niños que ya están entre nosotros.
Después de más de treinta años de trabajo con pacientes pediátricos urológicos, y desde la experiencia de la Corporación MATER, veo una realidad que debería preocuparnos más. Hay niños que esperan durante meses, o incluso años, una intervención que puede cambiarles la vida. Me encuentro con niños que podrían crecer con menos limitaciones y mayor autonomía si recibieran atención a tiempo. Para ellos, estar en una lista de espera significa perder tiempo de desarrollo, salud y bienestar.
En salud, esperar nunca es inocuo. En la infancia, además, la espera ocurre mientras el cuerpo se está formando, el desarrollo avanza y se construyen capacidades que acompañarán a ese niño durante toda su vida. Meses o años de espera pueden significar mucho más que una atención postergada. Pueden transformarse en secuelas permanentes, dificultades en la vida cotidiana, limitaciones físicas o una carga emocional que afecta a toda la familia.
Chile ha demostrado que puede hacerse cargo de grandes desafíos de la infancia cuando los reconoce como prioridad. Logró reducir la mortalidad infantil, enfrentar la desnutrición, ampliar controles, vacunas y atención primaria, y avanzar en ámbitos que durante décadas marcaron la vida de miles de niños y adolescentes. Esos logros fueron el resultado de políticas públicas, equipos de salud, instituciones y una convicción compartida sobre lo que el país debía asegurar a sus niños.
El siguiente paso es asumir que la atención oportuna también forma parte de esa responsabilidad. Los avances ya alcanzados nos muestran de qué somos capaces. Ahora debemos hacernos cargo de los niños que siguen esperando una consulta, un examen, una cirugía o un tratamiento que podría evitar que una condición corregible se transforme en una dificultad permanente.
Esa tarea requiere coordinación entre el sistema público, el mundo médico, la sociedad civil, las universidades, las fundaciones y quienes pueden poner recursos, conocimiento y tiempo al servicio de una causa común. En la Corporación MATER hemos visto que esa colaboración es posible y que cuando esto ocurre, los niños llegan antes a una evaluación, se resuelven casos que llevaban demasiado tiempo pendientes y muchas familias encuentran por fin la respuesta.
La baja natalidad nos lleva a pensar el futuro del país. Las listas de espera urológico pediátricas nos recuerdan una responsabilidad de hoy: atender a tiempo a los niños que ya están aquí. En la vida de un niño, una oportunidad perdida puede dejar una huella larga. Reducir esas esperas es una forma concreta de cuidar su desarrollo, acompañar a sus familias y tomarnos en serio a cada niño.