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Del petróleo al pan: ¿cuándo se notará la baja del conflicto en el bolsillo de los chilenos? Por Alejandro Urzúa, analista económico FEN UNAB y OpenBBK

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Cuando estalla un conflicto en Medio Oriente, pareciera que ocurre demasiado lejos como para afectar nuestra vida cotidiana. Sin embargo, basta que el precio del petróleo suba o baje para que esa crisis termine instalada en la conversación de cualquier familia chilena. Porque, aunque no lo parezca, el valor que pagamos por llenar el estanque, comprar alimentos o adquirir un electrodoméstico también depende de lo que ocurra a miles de kilómetros de distancia.

La reciente reducción de las tensiones entre Estados Unidos e Irán, tras el alto al fuego anunciado hace algunos días atrás, volvió a demostrarlo. Apenas los mercados percibieron que disminuía el riesgo de una interrupción del suministro mundial de petróleo, el precio del crudo retrocedió con fuerza. El temor comenzó a disiparse y los inversionistas dejaron atrás uno de los escenarios que más inquietaban a la economía global.

¿La buena noticia? Chile está entre los países que más rápidamente sienten esos cambios.

Como importamos prácticamente todo el petróleo que consumimos, las bencinas suelen ser las primeras en reflejar las variaciones internacionales. No ocurre de un día para otro, porque existen mecanismos de estabilización y compras realizadas con anticipación, pero el efecto ya comenzó a sentirse. Las últimas rebajas en los combustibles son una señal concreta de que la tensión internacional empieza a ceder y, si el precio del petróleo se mantiene en niveles similares, es posible que durante las próximas semanas continúen los ajustes.

Pero ahí también conviene poner las expectativas en su justa medida.

Que bajen las bencinas no significa que al día siguiente bajará la cuenta del supermercado. Los alimentos tienen una dinámica distinta. El combustible es un costo importante para transportar frutas, verduras, carnes, lácteos y prácticamente cualquier producto que llega a una góndola, pero representa solo una parte de su precio final. También influyen la electricidad, los fertilizantes, los envases, los salarios, el tipo de cambio y otros costos que no reaccionan con la misma rapidez.

Por eso sería poco realista esperar una disminución inmediata en el valor de los alimentos. Lo que sí podría comenzar a observarse durante los próximos meses es una menor presión sobre los precios. En otras palabras, más que una baja generalizada, el beneficio inicial será que el costo de la vida deje de seguir aumentando al ritmo que venía haciéndolo.

Algo parecido ocurre con los productos importados. Desde un refrigerador hasta un computador, pasando por ropa, juguetes o materiales de construcción, todos dependen de cadenas logísticas que funcionan con varios meses de anticipación. Si transportar un contenedor cuesta menos y el dólar acompaña, esas rebajas eventualmente llegan al consumidor. Pero primero deben venderse los inventarios adquiridos cuando los costos eran más altos.

En economía existe una diferencia importante entre que bajen los costos y que bajen los precios. Lo primero puede ocurrir relativamente rápido; lo segundo casi siempre tarda más.

Sin embargo, hay un efecto que probablemente se verá antes de que cambien las etiquetas del supermercado: la inflación.

La baja que ya registraron los combustibles debería transformarse en uno de los principales factores que ayuden a moderar el próximo IPC. No porque todos los productos vayan a bajar de precio, sino porque las bencinas tienen un peso relevante dentro de la canasta con que se mide el costo de la vida. Si a eso se suma un petróleo más estable y menores costos de transporte, la inflación podría comenzar a mostrar cifras más contenidas durante los próximos meses.

Ese quizás sea el mayor beneficio de la distensión internacional. No solo porque permite pagar menos al cargar combustible, sino porque reduce una de las principales fuentes de incertidumbre que mantenía presionada la inflación tanto en Chile como en el resto del mundo. Si los precios dejan de subir con tanta fuerza, también aumenta el espacio para que las tasas de interés continúen bajando, facilitando el acceso al crédito para las familias y las empresas.

Por supuesto, nadie puede asegurar que el conflicto quedó definitivamente atrás. Medio Oriente ha demostrado demasiadas veces que la calma puede ser transitoria y que cualquier nuevo episodio de tensión puede volver a empujar el petróleo hacia arriba en cuestión de horas.

Pero mientras ese escenario no ocurra, hay razones para un optimismo prudente. No porque el costo de la vida vaya a desplomarse de un mes para otro, sino porque la dirección parece haber cambiado. Primero baja el petróleo, después las bencinas, luego la inflación comienza a moderarse y, recién más adelante, aparecen los efectos sobre otros bienes y servicios.

La economía rara vez entrega alivios inmediatos. Pero cuando las señales internacionales empiezan a mejorar, tarde o temprano también terminan llegando al presupuesto de las familias. A veces no con grandes titulares, sino con pequeñas diferencias que, sumadas mes a mes, hacen que el dinero alcance un poco más. Y en tiempos donde cada peso cuenta, esa ya es una buena noticia.

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