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El idioma que sobra en su propia cancha. Por Flavio Maino e Isidora Bravo Académicos Carrera de Traducción e Interpretación en Inglés Universidad de Las Américas

Con una trayectoria cercana a los cien años formando profesionales, la PUCV pone a disposición de los estudiantes espacios presenciales y digitales para resolver dudas sobre carreras, puntajes y vida universitaria.

Vinícius Júnior vive desde los dieciocho años en Madrid. Un periodista de España quiere preguntarle algo en español. Vinícius le dice: «Se puede, se puede», pero el periodista, resignado, responde: «Creo que no puedo». Y así, en el torneo que Gianni Infantino prometió que sería el más inclusivo de la historia, un brasileño y un español se comunicaron en inglés, con auriculares, intérprete mediante, porque nadie había llenado el formulario correcto.

La FIFA tiene una explicación para esto y hay que reconocer que suena razonable en el papel: cada federación debe solicitar previamente los idiomas que necesita para la interpretación simultánea. Si no lo pides, no hay intérprete. Simple y claro, pero completamente ajeno a la realidad del fútbol del siglo XXI, un deporte que potencia la movilidad de sus jugadores de un continente a otro y que, en ese viaje, los lleva a adoptar segundas y hasta terceras lenguas casi por necesidad.

En Qatar 2022, sin que nadie llenara ningún formulario, el árabe pasó a ser el idioma oficial de la organización, proactivamente, porque el país anfitrión lo hablaba y tenía sentido. El español, que ya era idioma oficial de la FIFA desde mucho antes, no recibió el mismo trato en el Mundial que se disputa parcialmente en México, con dieciséis selecciones latinoamericanas y con millones de hispanohablantes en las tribunas.

Pero el de Vinícius no fue el único caso. Achraf Hakimi, criado en Madrid, con español perfectamente fluido, tuvo que escuchar cómo le explicaban que no podía responder en español en su propia rueda de prensa. Lo mismo le pasó a Frenkie de Jong, que juega en el Barça: quiso responder en castellano y lo interrumpieron. Paradójicamente, hubiera bastado con poner un intérprete en la transmisión televisiva, algo que cualquier canal hace a diario, para que todo el mundo entendiera sin obligar a nadie a cambiar de idioma en la sala.

Hay algo particularmente irónico en esto para quienes trabajan en interpretación. El intérprete existe para construir puentes donde hay una brecha. Es, por definición, el profesional que hace posible la comunicación entre quienes no se entienden. Pero en estas ruedas de prensa, la interpretación no está ayudando a cerrar una brecha, está creando una donde no existía. Es como contratar a alguien para que interprete una conversación entre dos personas que hablan el mismo idioma, interrumpirlos cuando empiezan a entenderse y llamar a eso «protocolo».

Quizás se debería considerar que obligar a dos personas que se entienden a comunicarse a través de un intermediario, no es inclusión: es burocracia con auriculares.

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