Cada 3 de julio conmemoramos el Día Internacional Libre de Bolsas de Plástico, una fecha que invita a mirar cuánto hemos avanzado, pero también a preguntarnos si realmente estamos enfrentando el problema de fondo. Chile dio un paso importante al prohibir la entrega de bolsas plásticas en el comercio, pero el desafío sigue siendo enorme. Actualmente, nuestro país genera cerca de 51 kilos de residuos plásticos de un solo uso por persona al año, siendo una de las cifras más altas de América Latina.
La eliminación de las bolsas plásticas demostró que las políticas públicas pueden cambiar hábitos. Lo que hace algunos años parecía una medida difícil de implementar, hoy forma parte de la vida cotidiana de millones de personas. Pero, ese éxito no puede llevarnos a creer que el problema del plástico está resuelto.
Con frecuencia reemplazamos un producto por otro sin cuestionarnos si realmente era necesario consumirlo. Cambiamos una bolsa plástica por una reutilizable, pero seguimos acumulando envases, embalajes y artículos desechables que, tarde o temprano, terminarán convirtiéndose en residuos. Entonces, el desafío ya no consiste únicamente en cambiar de material, sino en cambiar nuestra relación con el consumo.
La economía circular nos plantea precisamente esa transformación. Antes de pensar en reciclar, nos invita a reducir, reutilizar y diseñar productos capaces de permanecer en uso durante más tiempo. Porque el reciclaje es una herramienta indispensable.
Los desafíos que enfrenta Chile apuntan justamente en esa dirección. La implementación de la Ley REP, el fortalecimiento de la regulación sobre plásticos de un solo uso y una mayor conciencia ciudadana son avances relevantes, pero todavía queda camino por recorrer en educación ambiental, innovación, ecodiseño y desarrollo de infraestructura que permita valorizar más materiales.
El problema, además, trasciende nuestras fronteras. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, cada año se producen más de 430 millones de toneladas de plástico en el mundo y cerca de dos tercios corresponden a productos de vida útil muy corta.
Es una cifra que refleja la urgencia de acelerar la transición hacia modelos de producción y consumo mucho más sostenibles.
La prohibición de las bolsas plásticas nos dejó una enseñanza valiosa: cuando existe una visión compartida entre el Estado, las empresas y la ciudadanía, los cambios culturales son posibles. El siguiente paso es aplicar esa misma convicción al resto de los plásticos de un solo uso y entender que el mayor aporte al medio ambiente no consiste solamente en reciclar más, sino en generar menos residuos desde el origen.
Porque el verdadero éxito nunca será cambiar una bolsa por otra. Sino que será construir una sociedad que necesite cada vez menos productos desechables.