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¿Se acabó el boom del pádel? La moda pasa, la gestión queda. Por Frano Giakoni Ramírez, director de la carrera de Entrenador Deportivo UNAB

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Hace no mucho, conseguir una cancha de pádel en Chile era casi una misión imposible. Había listas de espera, clubes nuevos cada semana y una sensación de crecimiento infinito. Hoy el escenario cambió. La disponibilidad es mucho mayor, varios complejos han bajado su actividad y al menos 80 centros han cerrado, mientras otros incluso venden sus canchas usadas.

La pregunta entonces ya no es si el pádel fue un boom. Eso está claro. La pregunta es por qué creció tan rápido y por qué ahora da señales de freno.

La primera respuesta está en la pandemia. El pádel apareció en el momento perfecto: deporte al aire libre, social, relativamente fácil de aprender y con una barrera técnica inicial mucho menor que la del tenis. En poco tiempo se convirtió en una actividad atractiva para personas que querían moverse, compartir y competir sin necesitar años de formación previa. Esa combinación lo hizo explosivo.

Pero todo boom tiene un riesgo: confundir demanda alta con demanda infinita. Y ahí entra la gestión deportiva.

Cuando un deporte crece demasiado rápido, la tentación natural es construir más canchas, abrir más clubes y expandirse antes de que lo haga otro. Eso fue exactamente lo que pasó. El problema es que la infraestructura creció más rápido que la capacidad del mercado para sostenerla. Lo que en un comienzo parecía una oportunidad obvia terminó generando sobreoferta. Hoy, en varias zonas del país, reservar una cancha ya no requiere semanas de anticipación. A veces basta con mirar la app y elegir horario.

Desde la gestión, eso tiene una lectura bien clara. Un deporte no se sostiene solo con entusiasmo inicial. Se sostiene con comunidad, fidelización, oferta bien distribuida y una base de practicantes que no dependa exclusivamente de la novedad. El pádel ganó masividad muy rápido, pero no siempre consolidó una estructura suficientemente robusta para mantener el ritmo de crecimiento.

Ahí está la gran diferencia con deportes que parecían más silenciosos. El tenis, por ejemplo, volvió a crecer con fuerza en reservas de canchas y recuperó protagonismo precisamente porque ya tenía una base histórica instalada. Según reportes recientes, las reservas de canchas de tenis aumentaron 400% en cinco años y superaron el millón en 2024. No fue una explosión repentina, sino una reactivación sobre una estructura que nunca desapareció.

El pádel, en cambio, todavía está transitando ese paso desde la moda hacia la madurez. Y eso no significa fracaso. Significa que dejó de crecer por impulso y ahora necesita gestión real.

Desde las ciencias del deporte también hay una lección. Los fenómenos masivos suelen instalarse por accesibilidad y disfrute, no necesariamente por profundidad técnica o planificación a largo plazo. Eso está bien. El problema aparece cuando la industria se organiza pensando que el comportamiento del usuario será eternamente igual. En deporte recreativo, el gusto cambia, la novedad se desgasta y la adherencia depende mucho de la experiencia total, no solo del juego mismo.

Por eso, el momento actual del pádel en Chile no debiera leerse como derrumbe, sino como examen. Los clubes que sobrevivan no serán necesariamente los más grandes, sino los mejor gestionados. Los que entiendan que ya no basta con tener canchas; hay que ofrecer comunidad, torneos, escuela, experiencia y valor agregado.

El boom del pádel enseñó que Chile puede adoptar muy rápido una nueva práctica deportiva. El enfriamiento actual enseña algo todavía más útil: que en deporte, como en cualquier industria, crecer no es lo mismo que consolidarse

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