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¿Quién fiscaliza la información científica en redes sociales?. Por la Dra, María Isabel Oliver, Directora carrera Ingeniería en Biotecnología UNAB Viña del Mar

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Las redes sociales se han consolidado como una de las principales fuentes de información sobre salud y ciencia para millones de personas.

Sin embargo, un estudio reciente publicado en PLOS One y difundido por The Scientist vuelve a instalar una preocupación creciente: la popularidad de un contenido no garantiza que sea científicamente correcto.

La investigación analizó 78 de los videos más vistos en Instagram sobre la enfermedad de Crohn (#crohns) y encontró resultados inquietantes. Solo una minoría entregaba información claramente beneficiosa para los usuarios, mientras que una proporción importante contenía afirmaciones inexactas o potencialmente perjudiciales desde el punto de vista clínico. Más aún, los investigadores comprobaron que la cantidad de visualizaciones, «me gusta» o interacciones no tenía relación con la calidad de la información. En otras palabras, un video viral no necesariamente es un video confiable.

Uno de los hallazgos más llamativos fue que el problema no se limita a creadores sin formación en salud. Si bien los profesionales obtuvieron mejores resultados en criterios de transparencia y calidad metodológica, una parte importante del material considerado potencialmente dañino también provenía de personas con credenciales médicas. El estudio demuestra que un título profesional, por sí solo, no asegura una comunicación rigurosa ni basada en evidencia.

Los autores concluyen que las plataformas digitales se han transformado en espacios fundamentales para la educación sanitaria, pero aún carecen de mecanismos eficaces para identificar, destacar y priorizar información confiable. Incluso plantean la necesidad de desarrollar herramientas de evaluación adaptadas al entorno digital y explorar algoritmos capaces de advertir a los usuarios sobre la calidad de lo que consumen antes de que alcance una difusión masiva.

Este escenario abre una discusión que trasciende el caso de la enfermedad de Crohn: ¿quién debe asumir la responsabilidad de velar por la calidad de la información científica que circula en redes sociales? La respuesta probablemente sea compartida. Las plataformas han adquirido un enorme poder como intermediarias del conocimiento y, con ello, una responsabilidad creciente. Sin embargo, confiar únicamente en algoritmos o sistemas de moderación resulta insuficiente.

Aquí la academia tiene un papel irrenunciable. Universidades, centros de investigación y científicos no solo generan conocimiento; también deben comunicarlo de manera clara, comprensible y atractiva para la ciudadanía. La alfabetización científica ya no puede limitarse a revistas especializadas o aulas universitarias. Debe llegar a los espacios donde las personas buscan respuestas todos los días. Esto exige explicar conceptos complejos con lenguaje sencillo, participar activamente en la conversación pública y mantener el rigor que caracteriza a la investigación.

Al mismo tiempo, esta realidad obliga a repensar la formación de las nuevas generaciones de investigadores. Ya no basta con enseñarles a producir conocimiento de calidad; también es necesario prepararlos para divulgarlo de forma responsable y cercana. Si hoy la conversación pública ocurre en redes sociales, la evidencia científica también debe estar allí.

Después de todo, quizás el desafío no sea fiscalizar las redes sociales, sino fortalecer la presencia de la ciencia en ellas y asumir, como academia, un rol activo en la construcción de una ciudadanía mejor informada.

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