En Chile, muchas familias jóvenes del segmento ABC1 —hogares de altos ingresos, elevado nivel educativo y un gasto mensual promedio cercano a $2,3 millones— enfrentan una paradoja cada vez más visible. Se trata de profesionales que ganan bastante más que el promedio nacional, pero que aun así sienten que no logran sostener el nivel de vida al que aspiran y terminan dependiendo, en mayor o menor medida, del apoyo de sus padres. Nada es tan sólido como parece.
Según la Encuesta Financiera de Hogares del Banco Central, el 51% de los hogares chilenos mantiene algún tipo de deuda y el hogar representativo destina alrededor del 26% de sus ingresos al pago de obligaciones financieras. En los sectores de mayores ingresos, el endeudamiento declarado suele ser menor, pero existe una presión distinta: mantener o superar el estándar de vida de la generación anterior, con viviendas en comunas de alto valor, educación privada, vehículos y un consumo intensivo de servicios.
Esa presión se vuelve especialmente compleja cuando se observa la evolución del mercado inmobiliario. Entre 2002 y 2023, los precios de las viviendas aumentaron cerca de 170%, mientras los ingresos reales crecieron alrededor de 57%. Al mismo tiempo, el peso del dividendo sobre los ingresos familiares pasó de niveles cercanos al 25% a casi 40% en muchos casos, producto del alza de la UF y de las tasas de interés. La consecuencia es evidente: acceder a una vivienda similar a la de los padres exige hoy un esfuerzo financiero mucho mayor.
Existe además un componente cultural que suele pasar desapercibido. Para muchas familias jóvenes de altos ingresos, mantener cierto estándar de vida no responde únicamente a una decisión económica, sino también a una expectativa social. El barrio donde se vive, el colegio de los hijos, el tipo de automóvil o las vacaciones terminan funcionando como señales de estatus que resulta difícil abandonar.
El problema más difícil de detectar es el endeudamiento oculto. Muchos jóvenes ABC1 evitan caer en morosidad formal porque reciben ayuda familiar para cubrir tarjetas de crédito, arriendos, pie de viviendas o gastos extraordinarios. Hacia afuera proyectan estabilidad, pero una parte importante de su presupuesto depende de transferencias privadas que no aparecen en las estadísticas tradicionales.
Mientras tanto, la propiedad de vivienda entre jefes de hogar menores de 40 años ha caído con fuerza, pasando de cerca del 50% en 2006 a alrededor del 35% en 2022. Esta generación, que en teoría debería consolidar patrimonio y comenzar a apoyar a otros, con frecuencia necesita todavía una red de respaldo familiar para sostener su posición.
La combinación de altos costos habitacionales, expectativas de consumo elevadas, acceso masivo al crédito durante años y una planificación financiera insuficiente está creando una dependencia silenciosa. Sin ajustes en las expectativas, mayor educación financiera y políticas que reduzcan la brecha entre ingresos y vivienda, el endeudamiento oculto seguirá limitando la verdadera independencia económica de muchos hogares jóvenes. Tener buenos sueldos ya no garantiza estabilidad cuando el estilo de vida se financia parcialmente con ayuda parental y deudas invisibles.